
Por: Pbro. Francisco Martínez
Éskaksï iáminduecha majku ambé jindeaka. (Jn 17,21ª)
Quien actualmente pretenda trabajar en pro del desarrollo del pueblo p’urhépecha, tendrá que tomar conciencia de que no se va a topar con un pueblo culturalmente encapsulado. Si como referentes hubiese abrevado en algunas de sus fuentes históricas o descripciones eruditas de su territorio, cosmogonía, lengua y algunos otros patrones de su cultura, pronto se topará con que se trata de un pueblo que, a pesar de poseer una herencia cultural muy definida, en los últimos decenios está sufriendo deslices culturales y territoriales que le están afectando. Como lo patentiza, por ejemplo, el paso, en su región volcánica, de una Meseta forestada a una Meseta desolada.
Lo que evidencia un giro expedito hacia cosmovisiones que nada tienen de p’urhépecha: la tierra ya no es considerada ni tratada como madre, sino como objeto de posesión utilitaria. Hecho innegable: casi cada p’urhépecha pelea por allegarse los metros cuadrados o hectáreas que pueda, para de luego talarle hasta el último pino, oyamel, encino o madroño… tal y como desvergonzada y descaradamente no dejan de hacerlo algunas comunidades, entre ellas Capacuaro. Agravando esa ofensa, no sólo están dilapidando sus recursos boscosos, sino también los edáficos y los pétreos.
A lo que habrá que sumar la desintegración del sentido comunitario e intercomunitario en pro del individualismo neoliberal: en asuntos de carácter toral, poco a poco, pero de manera ominosa, el ji= ‘yo’ ha ido desplazando al juchá = ‘nosotros’. Sustitución que si bien no aparece en su discurso, sí su praxis cotidiana.
Los nuevos retos p’urhépecha aumentan sin parar. Por ejemplo, resulta altamente preocupante uno, cuya incidencia hiere indudablemente al espíritu p’urhé: el relativismo moral y la balcanización religiosa. Hasta hace cincuenta años, la unidad confesional de los p’urhépecha era patente. Incidía en el todo y en la parte. Hoy, bajo factores tan diversos como la migración, la aculturación y la superficialidad pastoral, esa unidad se quebranta. Comunidades hay donde la cohesión comunitaria adolece de esos referentes identitarios.

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