Amigos y amigas lectores, es Pascua en la Iglesia y la vivencia de la Eucaristía de estos días nos porta a renovar nuestro encuentro con Cristo vivo. La semana de pascua tuve la oportunidad de pasear y viajando un rato en tren, se dio la ocasión de compartir lugar con un matrimonio colombiano. En medio de la plática surgió el tema sobre la persona del Papa Francisco, la situación de la Iglesia hoy y a la vez comentaban que aunque se consideraban católicos viven su vida lejos de la Iglesia.

En medio de este ambiente vacacional pude reflexionar un rato acerca de lo vocacional de nuestra fe; es decir, cómo proponerles a las personas que viven lejos de la Iglesia que vuelvan a ella y redescubran a Cristo, ¿Qué pueden encontrar en la Iglesia que les pueda interesar? ¿Será conveniente invitarles a subirse de nuevo a la barca del Señor que él nos anima?

Escuchando la lectura evangélica del encuentro que tuvo el fariseo Nicodemo con el Señor Jesús en una noche (cfr. Jn 3) se puede uno fijar como Nicodemo, movido por los signos que Jesús realiza, reconoce que esto es signo de Dios y de que Jesús viene de Dios. Jesús no desaprovecha la oportunidad para ofrecerle a Nicodemo la propuesta que él nos trae, le invita a nacer de nuevo para poder abrirse a la alegría de Reino de Dios; nacer de nuevo por el agua y el Espíritu. Si Nicodemo se decidiera abrirse a Jesús para reconocerlo como el Cristo, el Espíritu habitaría en él y sería como el viento que se dejaría llevar por esta buena nueva cuyo Espíritu lo impulsaría a lo inimaginable.

Si bien, el pobre Nicodemo no pudo abrirse plenamente a la propuesta de Jesús, pues la penumbra de la noche y del miedo lo envolvía; sin embargo, la semilla del evangelio sí que la supo sembrar el Señor, tan es así que cuando se discutía entre los sumos sacerdotes las razones para eliminar a Jesús, Nicodemo testimoniará a Jesús y defenderá su procedencia de Dios no importando el rechazo que le dieran, dando un paso a vencer el miedo.

Así nosotros, en esta Pascua vale la pena que nos dejemos encontrar por Cristo, más aún si su luz es capaz de iluminar la oscuridad de nuestra noche. No necesitamos renacer a la vida del Espíritu porque ya lo hemos hecho con el bautismo, sólo tenemos que aceptar una vez más su propuesta, confiar en él y dejar que su Espíritu nos mueva e impulse. Vivirnos en Cristo es meternos a la dinámica creciente y pequeña del Reino… es dejar que el Espíritu nos inspire la manera y forma de querer compartir al Señor para ayudar a otros a encontrarlo.

El Señor sí que nos llama, si tenemos la intención de acercarnos a él, no desaprovecha la oportunidad.