Cuando uno ingresa al Seminario, entre las cosas que acepta como parte del combo de seguir a Cristo, está la renuncia a formar una familia. Se entiende que el sacerdote no se casa porque su vida es una entrega y consagración total a Dios. Cuando estuve en Roma, tuve la oportunidad de platicar con un joven seminarista ucraniano, y entre las cosas que platicábamos estaba la de que al terminar sus estudios, deseaba regresar a su tierra, con la finalidad de casarse, antes de ingresar al diaconado, pues debe saberse que en la Iglesia católica existen algunos ritos orientales que permiten el matrimonio a los sacerdotes, y más aún, en las diferentes iglesias ortodoxas, el matrimonio sacerdotal es algo muy común y parte importante de su tradición.

Entrar en contacto con otras formas de ser y de vivir, favorece el reconocer valores importantes que nos distinguen y riquezas en otros ámbitos. Es un hecho que en la Iglesia católica de rito latino, el celibato sacerdotal y los votos de castidad en los religiosos, así como en las religiosas, misioneros y misioneras, hace que nuestra Iglesia tenga todo un panorama y forma de ser que ha sido propicio de grandes obras, y hoy, de muchos dolores de cabeza.

Recientemente salió la noticia de que el Papa Emérito Benedicto XVI publicó, junto con el cardenal Robert Sarah, un libro titulado “Desde lo profundo de nuestros corazones”, saliendo en defensa del celibato y siendo muy consciente de romper su silencio, de la unión de celibato y sacerdocio ministerial. La obra aparece antes de que el documento postsinodal de la Amazonia conozca la luz, sabiendo que en el aula sinodal, 2 tercios de los votantes consideró que en algunas regiones de esa región americana, pudieran ser ordenados presbíteros, algunos diáconos permanentes que ya son casados, hombres mayores probados en la virtud, que pudieran presidir la Eucaristía. Es un hecho que si el Papa Francisco concede esto, algunas otras regiones donde la Iglesia está presente, vean en ello la punta de lanza para abrir el campo a la posibilidad de tener sacerdotes casados.

No es un tema sencillo, y también tiene una buena dosis de polémico. El Papa Francisco ya se había pronunciado acerca del tema, considerando lo valioso del celibato y consciente de conservar esta disciplina en favor del Sacerdocio; también, que quienes asumimos la vocación sacerdotal, debemos integrar en el combo la vivencia de un celibato por el Reino de los Cielos, y que esta opción requiere de ciertos cuidados y esmeros en, para avanzar en la madurez humana, con el fin de vivir una afectividad feliz, sin necesidad de tener un vínculo con una pareja. Lo cierto es que el camino del celibato conlleva varios retos; para empezar, reconocer el propio ser, es decir, aprender a ver la propia sexualidad y reconocer que soy un ser sexuado, con capacidad de amar; también existe el obrar irresponsablemente y aprovechar el don del Sacerdocio, para suplir carencias y necesidades. Qué gran reto es el de asumir la propia persona y amarse a sí mismo. También es necesario crecer en el manejo de las emociones y sentimientos, saberlas expresar y no reprimirnos, sino aprender que hay personas a las que podemos amar, sin necesidad de vincularnos a ellas como pareja.

Considero que el celibato es un don de Dios por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que lo entienda. Seguir a Cristo y mantenernos en el verdor del amor, es también un don de Dios, en el que el sacerdote encuentra serenidad y felicidad, estando solo y a la vez acompañado de la comunidad,  a la que ama en verdad, por eso siempre rezo y pido al Señor que me ayude y nos ayude a crecer y responderle… porque el celibato es mucho más que decirse soltero.