«El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente, aunque no pensemos en ello». Papa Francisco.

Y crecieron mis hijos… y también sus hijos, y hoy pienso en los años transcurridos… y al amor que conocí. Ahora soy un hombre viejo... y la naturaleza ha sido cruel. Es una burla la vejez… te miran todos como si fueras un imbécil. El cuerpo se deshace… la gracia y la fuerza, desaparecen, pero dentro de esta carcasa vive aún un joven, y de vez en cuando… mi corazón se inflama y me vuelvo incierto. Recuerdo las alegrías… y el dolor, y estoy amando y viviendo… la vida de nuevo.

La sabiduría que dan los ancianos no la puede dar nadie más. Incluso pensemos en algún anciano que haya vivido su fe durante su vida. Te invito a que pensemos un poco en un anciano que aparece en la Biblia: Simeón. Él esperó durante toda su vida, la llegada del Mesías de Israel, y hacia el final de su vida lo pudo encontrar en Jesús niño. Me imagino que él tendría mucho que enseñarnos sobre la perseverancia, la esperanza y la confianza en Dios. Qué bonito sería poder terminar nuestra vida con sus palabras: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…» (Lc 2, 29-32).

Pienso en los años que siempre son muy pocos… y que pasaron rápidamente, y en aceptar el hecho desnudo y crudo… que nada puede durar. Por lo tanto, gentes, abran los ojos… y vean. No ven un nuevo viejo irritable. Miren más de cerca… ¡me ven… a mí! No abandonemos a nuestros ancianos; no los dejemos en la soledad que a menudo la vejez obliga a sufrir. Recordemos que son personas con una vivencia, una sabiduría y una historia que contar…

Creo que nunca más vamos a ver de la misma manera a un anciano. Este poema nos hace verlos como personas con mucho que enseñarnos, que han avanzado más en la vida, por lo que tienen una sabiduría que sólo la pueden dar los años.

¿Cómo estás viviendo la misericordia con los ancianos y abuelos? Si no se te ocurre cómo puedes hacerlo, la Iglesia te invita a visitar a los ancianos, darles de comer y de beber, darles alojamiento, vestirlos y enterrarlos, cuando parten; son las obras corporales que podemos practicar de manera especial con ellos; más aún, si son ancianos que han sido abandonados, pero yo creo que las obras de misericordia espirituales, las podríamos vivir de manera distinta con los ancianos: aprender de ellos que sí saben, escuchar sus buenos consejos, aceptar las correcciones que nos hagan, pedirles perdón cuando no les tenemos paciencia, dejarnos consolar cuando estemos tristes y pedirles que recen por nosotros cuando estén frente al Padre. Una frase más de Francisco, para terminar: «Los ancianos son una riqueza; no se pueden ignorar, porque esta civilización seguirá adelante sólo si sabe respetar su sensatez y sabiduría».