Hoy somos más conscientes de la potencialidad de los grupos como recurso para ayudarse en diferentes situaciones de sufrimiento. Quizá lo fuimos siempre, pero en otros tiempos adoptaban fisionomías propias de la cultura: encuentros en la casa de quienes habían sufrido una desgracia, para orar, por ejemplo. Tanto el desarrollo de la Psicología como de la conciencia de la necesidad de promover salud y prevenir complicaciones, están llevando a que en diferentes lugares del mundo, personas que han sufrido una desgracia o profesionales de la intervención psicosocial apuesten por crear grupos de ayuda mutua, que son una hermosa expresión de la solidaridad humana y de la sensibilidad ante el dolor ajeno, y una apuesta para que el dolor propio no sea infecundo, por lo que constituyen un camino de apertura a la sociedad que también sufre y anhela superar el propio mal con la ayuda de otros.

Las personas que se integran en los grupos de ayuda mutua se quieren acompañar recíprocamente. Acompañar, en primer lugar, con la escucha que tiene un valor nunca suficientemente subrayado. Acompañar a quien narra su vida, está cargado de contenido simbólico, porque narrar la propia vida supone un verdadero esfuerzo: es poner en perspectiva acontecimientos que parecen accidentales; distinguir, en el propio pasado, lo esencial de lo accesorio y los puntos firmes. Contar la propia vida permite subrayar momentos más importantes e igualmente minimizar otros. Se puede, gastar más tiempo -o menos- en contar un acontecimiento que en vivirlo. Para contar es necesario escoger lo que se quiere resaltar y lo que se quiere poner entre paréntesis. El relato crea inteligibilidad y da sentido a lo que se hace. Narrar es poner orden en el desorden. Contar la propia vida es la vida misma, que se cuenta para comprenderse. Narrar, pues, no es fabular. Contar los acontecimientos que se han sucedido en la vida permite unificar la dispersión de nuestros encuentros y la multiplicidad disparatada de lo que hemos vivido. Relatar la vida es darle un sentido. El que narra, no sólo busca un sentido, sino que se lo da al narrar. Es ventilar el corazón, compartir emociones y pensamientos, contar sucesos y visualizar esperanzas. Al hacerlo, la persona, si es bien escuchada y comprendida, tiende a aumentar el control sobre su desgracia, al mismo tiempo que lo normaliza entre iguales. Al narrar, uno se confronta consigo mismo y con los demás.

Existen diferentes Centros de Escucha donde se ofrece ayuda, especialmente a personas en duelo, tanto en la modalidad individual como en la de grupo, todos útiles para quienes apuestan por promover lazos saludables entre sanadores heridos que quieren hacer fecundo su dolor, además de aliviarlo. Cuando las historias son narradas en primera persona y duelen, la vida está siendo vivida en clave de comunión sanante. Lo que no es narrado, tiene el poder enigmático de generar mal. Lo que es compartido puede convertirse en germen fecundo de bien.

La ayuda mutua, como metodología de intervención destinada a ofrecer apoyo a cuantos viven experiencias de fragilidad y sufrimiento, se está extendiendo a una infinidad de categorías. Es una metodología de naturaleza comunitaria no profesional que se basa en la experiencia y la reciprocidad de la ayuda entre los participantes. El grupo ofrece un clima de acogida a los heridos, los anima a expresar sus experiencias, crea un sentido de pertenencia, estimula a adquirir nuevos conocimientos y nuevos modos de ver las cosas, restaura la confianza en uno mismo y contribuye a recuperar el deseo de vivir. Se convierte en un patrimonio de historias y humanidad en el que los participantes descubren que el dolor no es para siempre: el corazón se cura, abriéndolo al compartir; cada uno es portador de enseñanzas sobre el arte del padecer y esperar; el sentido de vacío se colma, entregándose a los otros, y el desafío con el que todos se encuentran se descubre como un problema por resolver. La ayuda mutua no se plantea en competición, sino en colaboración con los profesionales, con el fin último de contribuir a cicatrizar las heridas ligadas a pérdidas y separaciones. La narración es el elemento fundamental de la ayuda recíproca, lo mismo que el escucharse, liberando sentimientos, revelando pensamientos, derramando lágrimas, recuperando recuerdos, riendo juntos, respetando los silencios, pasando un kleenex, cruzando miradas, confiando progresos, confesando remordimientos, encendiendo luces en la oscuridad y abriéndose a la esperanza.

Esta metodología de ayuda funciona si en el centro se pone a la persona y no sólo el tipo de pérdida, sabiendo que todo duelo se vive de modo subjetivo y que el requisito fundamental es que cada persona dolida se sienta acogida, aceptada y escuchada.

Fuente: “El dolor no es para siempre”, Arnaldo Pangrazzi.