El duelo tiene sus tiempos (cfr. Ecl 3, 1-8). 

El Duelo

Muchos creen que en el duelo hay que dejar pasar el tiempo, que todo lo cura, y considerar el sufrimiento como propio, exclusivo y no compartible; no hablar y sufrir en soledad y en silencio; procurar despejarse y evadir los recuerdos, y vivir como si nada hubiera pasado, cayendo así en una especie de sumisión ante el fatalismo. ¡Es un gran error! Otros, por el contrario, creen que el duelo es un continuo lamento y desahogo exteriores, situándose en un estilo de vida eternamente infeliz; o recluyéndose en un mundo imaginario por sentirse agobiados por la realidad. ¡No es lo correcto! No es tampoco el duelo para olvidar ni para dejar de amar al ser querido muerto. ¡Sería absurdo!

La finalidad del duelo es dar expresión y cauce sano a los sentimientos, serenando el sufrimiento, dominando la pena de la separación, aceptando la realidad de la muerte, integrando la extrañeza física, reorientando positivamente la energía afectiva con un proyecto pleno de sentido y amando con un nuevo lenguaje de amor al fallecido a quien, como creyentes, ponemos en las manos misericordiosas de Dios en la esperanza firme de la resurrección, donde nos ama con el amor purificado y pleno de Dios.

La importancia de desahogarse: acogida del mundo emotivo.

El corazón acribillado por la pena y la ausencia, por la extrañeza y el apego, tiene mucho que decir y mucha urgencia. Siente emociones tan fuertes que le parece que va a enloquecer si no puede confiar lo que le pasa y siente a alguien. Va a hablar constantemente del ser querido muerto: de cómo era, de sus proyectos truncados, de los últimos días y de sus sufrimientos o modo de muerte. Parece necesario expresar la imposibilidad de vivir sin quien se murió. Se ve sólo la muerte, la ausencia y lo que se pierde. Todo mira hacia atrás. El tiempo parece pararse, como si hubiera una regresión en el tiempo.

En los primeros tiempos hay que evitar dar respuestas. El corazón dolorido está más para hacer preguntas vitales en busca de sentido que para recibir respuestas "racionales". Hay que dejar que el corazón afligido saque a flote sus penas, comunique sus posibles broncas, manifieste su desconcierto vital, exprese culpas, refleje miedos y confiese crisis de fe con toda libertad. Hay que aceptar el mismo desahogo, muchas veces, y el desahogo reiterativo de las "imágenes temidas": los momentos del sufrimiento, el accidente... Es saludable permitir que se sienta lo que se siente, aunque las palabras y los sentimientos sean contradictorios, irracionales e ilógicos, y se cambien de un día para el otro. Quien no "llore todo" hacia fuera, es difícil que después llore hacia dentro, autoconfrontándose. El sentir tiene su propia lógica.

Que los "consejos" del ayudante tienden a que la persona no dé cauce libre a sus sentimientos, se debe a la dificultad de pensar en las necesidades del doliente y de ponerse en su lugar. Son el producto de la propia incapacidad e incomodidad anímica para hacer frente a los fuertes sentimientos de pena, tristeza, bronca y miedo... de la persona sufriente.

Un grupo capacitado de mutua ayuda, con gran actitud de escucha, permitirá que el corazón dolorido se desahogue, considerando prudentemente el bien del grupo en su totalidad. No obstante, el que nada constantemente en el sufrimiento y sólo se desahoga, sin confrontarse, termina por ahogarse en el sufrimiento de su propio duelo, por eso hay lágrimas a tierra (desesperación) y lágrimas al cielo (esperanza).