Por: Pbro. Jesús Ruíz Ochoa

Finalmente, la Suprema Corte de Justicia de la Nación despenalizó el aborto, o como algunos dicen eufemísticamente, la interrupción del embarazo, para no usar una palabra que ofende mucho, y con razón, el oído de muchas personas. 

El lenguaje evoluciona, pero hay una tendencia más o menos fuerte a suavizar algunas palabras, para no llamar a las cosas por su nombre. No se puede negar que en algunos casos es plausible, pero en muchos no, porque enmascara una realidad que queremos ocultar. Las cárceles son reclusorios o centros de readaptación social y los negros, gente de color, como si las demás personas fueran incoloras. Los ejemplos son múltiples. 

Los abortistas están de fiesta en México. Las mujeres que tanto lucharon, están felices. Uno de los varios argumentos es que ellas son dueñas de sus cuerpos y por eso pueden expulsar la nueva vida que llevan en su vientre, de manera brutal, como si fuera un quiste o un tumor maligno. Ahora tienen derecho a hacerlo, según la SCJN, por el motivo que sea.

Es cierto que ese ser, esa persona que llevan en su seno depende totalmente de ellas, de sus cuidados y de los nutrientes que le proporcionan, pero ellas y todas las demás personas dependemos de los demás. ¿Acaso somos totalmente autosuficientes? ¿Qué haríamos sin la ayuda de la sociedad, de la que nos proporcionamos unos a otros?

Sabemos que hay casos de embarazos dramáticos, como el de una violación, de malformaciones, pero ¿eso justifica cometer un acto atroz, un crimen abominable, como lo llama el Concilio Vaticano II? ¿Remediar un mal con otro mayor? 

Dicen los ministros de la SCJN que ellos sólo están despenalizando, para que no se criminalice a la mujer que decida practicárselo, pero no lo están aprobando. El argumento es tramposo. Es como si dijeran: despenalizamos el robo, la mentira y el asesinato, y pedimos que no se criminalice a las personas. Lo anterior no quiere decir que estemos de acuerdo con estas acciones.

Me he centrado sólo en un punto, consciente de que hay muchos más en este asunto del aborto. Retorno a la pregunta: ¿Hasta qué punto o grado somos dueños de nuestros cuerpos? Estaríamos de acuerdo en que lo somos para una operación quirúrgica, una cirugía reconstructiva o estética, pero ¿lo somos para todo, incluso privarnos de la vida? En este mundo plural, hay quienes están de acuerdo con el suicidio.  Esto se entendería en los que no creen en Dios y muchos menos en alguien que se sigue confesando católico. De allí que sea una desgracia que muchos católicos se haya manifestado en favor del aborto y aplaudan ahora que se ha despenalizado en México.

Una valiente diputada dijo a sus pares que “si la vida no inicia en la concepción, no inicia jamás”. ¡Qué paradoja! Los que lucharon por la despenalización del aborto y los ministros de la Suprema Corte lo han podido hacer porque sus madres no los abortaron. ¿Por qué no lo piensan? Una vez más, recordamos la película El Derecho de Nacer, en sus 3 estupendas versiones hechas. El derecho de nacer es el primero y fundamental, que hace posibles a los demás.

¿Cuántos hospitales, médicos y enfermeras se prestarán a contribuir a un acto criminal? ¿Qué dirá la Suprema Corte sobre la objeción de conciencia? La Iglesia, pese a las críticas y presiones, no ha cambiado su doctrina, ni lo hará: el ser humano debe ser respetado desde el primer momento de su concepción hasta el término natural de su vida.