Además de la escasez de niños y jóvenes, tiende a reducirse el número de adolescentes embarazadas y de madres muy fecundas. CONAPO.

Las cifras son las proporcionadas, el pasado 18 de septiembre, por el estudio “Proyecciones de la población de México y de las entidades federativas 2018-2050”, del Consejo Nacional de Población (CONAPO), el Colegio de México (COLMEX) y el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades de Población (FNUAP): ese día, el número de habitantes de la República Mexicana “que residen en el país” llegó a los 125.3 millones, lo que nos ubica en el décimo lugar mundial (éramos el 11); la entidad más poblada es el Estado de México, con 17 millones; la esperanza de vida del mexicano ha subido a los 75 años de edad (72.2 para los hombres y 77.9 para las mujeres); la tasa de fecundidad ha bajado a 2.1 hijos por mujer; también, la mortalidad infantil, a 13.4 niños por cada mil nacidos vivos; las cifras de personas mayores de 65 han aumentado considerablemente (2 de cada 10 compatriotas), y para el 2050 serán 148.2 millones los mexicanos que entonces vivirán.

Un dato más: la tasa de mortalidad por la violencia del crimen organizado (entre los gobiernos de FCH y EPN) es mayor que la de las enfermedades crónicas y degenerativas, y el número de muertos ya superó a los de la Revolución Mexicana (1910-1917), sobre todo entre los jóvenes, pues no a todos los matan, sino que también han comenzado a quitarse la vida voluntariamente.

Antes se decía que “gobernar es poblar” y que el crecimiento de la población era “un bono demográfico” para cualquier nación, por la abundancia de mano de obra, pero hoy decimos: ¡Éramos 14 y parió la abuela!, o como les dijo Dios a Adán y a Eva en el Paraíso, según histórica versión del Génesis de Abel Quezada: “Crezcan y multiplíquense… pero no tanto”.

Lo cierto es que hasta a los defensores de las familias numerosas y del crecimiento poblacional “ad infinitum” preocupa este fenómeno, por las más bocas que hay que alimentar, los cuerpos que vestir y proteger del viento, la lluvia y las enfermedades y las mentes que hay que educar, pero como saben que la explosión demográfica no es la única ni la principal culpable de todos los males sociales, económicos, políticos, religiosos y culturales del mundo y de México, entienden que las mejores soluciones no son las de fuerza, como el aborto, la eutanasia, la esterilización masiva de mujeres y hombres, las guerras, catástrofes y pestes provocadas y la eliminación de los niños con malformaciones, los discapacitados, los enfermos incurables  y los ancianos improductivos.

Lo ideal sería que se hiciera conciencia del problema y se obrara en consecuencia, por ejemplo, educando sexual y reproductivamente a las nuevas generaciones, no adelantando ni retrasando los tiempos de la mejor fecundidad, ejerciendo la paternidad responsable antes, en y después de cada parto y planeando efectivamente la familia, al margen del mito de “los hijos que Dios quiera darnos”, utilizando para ello los métodos naturales, y que no repitan más los “malthusianos” del siglo XXI, lo que le dijo Don Quijote a su fiel escudero: “Con la Iglesia hemos topado, querido Sancho”, aunque ésta debiera abrir sus puertas a otras rendijas del control natal.

Francisco Franco Cárdenas.