Más que la inseguridad y la corrupción, el problema principal de México (y del mundo) es la desigualdad. Julio Boltvinik.

Como muchos provincianos con intereses familiares en la Ciudad de México (CDMX), aproveché las vacaciones escolares de Primavera para viajar a la capital del país y visitar algunos lugares emblemáticos de la gran metrópoli, como el Parque “La Mexicana”, del que sólo tenía noticias por la TV y el Internet y creía que efectivamente era para toda persona, incluidos los “chairos”, pero el de Santa Fe es “otro mundo”, como dijera un habitante de sus alrededores.

Se anuncia como “un parque para todos”, pero no lo es, no porque alguien prohíba la entrada a “todo mundo”, sino porque las condiciones sociales, económicas y culturales de la mayoría de los habitantes de la CDMX y del resto del país utoinhiben a acercarse a él e ingresar y disfrutar de sus instalaciones, por lo que se ha convertido en un espacio para gente con ganas de exclusividad, de manera que los demás lo conocen sólo una vez, por curiosidad... o para sentirse menos.

“La Mexicana” es un parque lineal construido por el gobierno del ex Distrito Federal (DF) en una cañada de la hoy alcaldía de Cuajimalpa, en medio de altos y lujosos edificios de Santa Fe, con instalaciones de primera: suelo parejo y adoquinado, áreas verdes bien cortadas y cuidadas, una fuente de colores y un lago artificial, juegos infantiles sofisticados, una amplia y elegante zona gastronómica con restaurantes de lujo y nombres extranjeros, baños limpios y funcionales y, por ahora, escasos y pequeños árboles que algún día darán buena sombra.

Como a los demás parques públicos de la CDMX, nada cuesta ingresar a él. Además, se permite la entrada a escoltas, nanas y sirvientas en el número que sea y a mascotas de todo pedigree, especialmente perros, con la única condición de embozar a los peligrosos hasta para otros caninos. La zona gastronómica se llena de señoras y señores jubilados, y los corredores y jardines, de jóvenes mamás con damas de compañía que cuidan de sus críos en carriolas, bicicletas y otros medios de locomoción mecánica, además de a pie.

El contraste entre éste y las decenas de zonas arboladas y recreativas de las que pueden disfrutar gratuitamente los habitantes de la gran ciudad, es evidente, envidiable y hasta insultante, pues mientras en la mayoría de los otros abundan el deterioro, el desorden y la basura, aquí lucen, como en muy pocos lugares, el orden, el buen gusto y la limpieza.

Me sorprendió la reacción de un “fifí” de los alrededores, frente al letrero que pedía embozar a los perros bravos: “¡Eso es discriminación!”, espetó, lógicamente en referencia a su mascota.

Lo deseable es que como el de Santa Fe sean los demás parques públicos de la CDMX y del resto del país, gracias a la diligencia y cuidado de autoridades y ciudadanos, que debieran aspirar a lo mejor para todos, no sólo para los habitantes de los “cotos” y zonas residenciales, pues todos los hijos de Dios tenemos derecho a lo bueno... sin complejos ni perder la compostura.