Una vez más, la realidad nos desnuda y exhibe ante el mundo, ahora con motivo del éxodo masivo de centroamericanos, especialmente de Guatemala, El Salvador y Honduras, rumbo a los Estados Unidos de América, vía México.

Las razones son las mismas que impulsan a los mexicanos a emigrar al Norte: pobreza, hambre, desempleo, inseguridad y ganas de aventura, en pocas palabras, la búsqueda de “mejores condiciones de vida para sus familias”.

Sin embargo, los hermanos de allende el Suchiate se encuentran aquí con las mismas o peores condiciones que soportan nuestros compatriotas, allende el Bravo: temor, repulsión, mal trato, discriminación y puertas cerradas a sus pretensiones.

Con los braceros del Sur también se aplica “una política de contención”; se confina a los migrantes en cárceles inmundas (los famosos albergues del Instituto Nacional de Migración); se separa y aisla a las familias; duermen en el suelo y comen “cuando se puede”, y hasta “quieren que hablemos como mexicanos”. Con lo primero, el gobierno mexicano parece hacerle el trabajo sucio a USA y su presidente Trump.

Las excepciones las hacen algunos habitantes de los pueblos por los que pasa la caravana de centroamericanos, la Iglesia, algunas ONG y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que por lo menos elevan la voz, patalean y brindan en lo posible: hidratación, comida, servicios médicos y ropa a los migrantes que sólo van de paso. A este servicio o apostolado le llaman “puente humanitario”.

Los demás son agravios a los hermanos en tránsito, por ejemplo las reacciones de la mayoría de mexicanos en las redes sociales, muy parecidas a las de los “kukuxclanes” de USA, al grado de que la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR, por sus siglas en inglés) y el Movimiento Migrante Mesoamericano (MMM) nos han llamado hipócritas y fariseos (sepulcros blanqueados), pues presumimos de buenos y en realidad estamos del lado de los malos, es decir, en teoría a favor del derecho a la migración para los compatriotas y en los hechos en contra de la “población en movilidad” de otros países, especialmente de los hermanos menores de América Latina, pues se nos ha hecho creer que somos los mayores.

Con estos antecedentes y consecuentes se deja colgada de la brocha y en evidencia a la pastoral de la movilidad humana, que poco o nada puede hacer ante hechos tan lamentables, y menos reclamar el respeto a los derechos para nuestros migrantes que van en busca del sueño americano. A propósito, ¿qué hace esta dimensión, y qué hacemos TODOS, por los centroamericanos que aquí mismo tenemos, algunos de ellos como pedigueños en el transporte urbano o apostados sobre los topes de la calzada Jacona-Zamora?

Francisco Franco Cárdenas