El pasado 27 de abril se dio a conocer un comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEN), donde se manifiesta que ya se ha recibido el apoyo económico que se solicitó al Papa Francisco, para atender la emergencia humanitaria que desde octubre del 2018, cuando iniciaron las Caravanas, se ha venido suscitando, tanto en la frontera Sur de nuestro país, como en la frontera Norte con los Estados Unidos de América (EUA).

16 proyectos presentados de los cuales 13 fueron aprobados, incluye el informe que se da a conocer, para que los migrantes sean beneficiarios de los recursos necesarios que permiten a las “Casas del Migrante” continuar con la noble labor de atender a nuestros hermanos, por ello es necesario contar con antecedentes que nos informen sobre cuál es la razón por la que la Iglesia Católica en México la la ha llamado, también, emergencia humanitaria.

Uno de los puntos críticos es hoy la frontera Norte de El Paso, Texas, una frontera que en los últimos días se ha convertido en la nueva “zona cero” de la inmigración irregular, por la presencia de cientos de familias que eligen cada día esta frontera para pedir refugio en los EUA.

En esta época del año, el río Grande está seco en su tramo de El Paso. El cruce ilegal a los EUA consiste simplemente en situarse en el bulevar Ingeniero Bernardo Norzagaray, en Ciudad Juárez, cruzar la calle y echar a caminar. Se pasa el vado del río y al otro lado ya está uno en territorio de Texas. Esto sucede a todas horas, en el mismo centro de El Paso, una ciudad indistinguible de Juárez desde el aire. La media diaria en este punto de la frontera es de 680 personas que cruzan.

El Paso, en la triple frontera de Texas, Nuevo México y Chihuahua, se ha convertido en la nueva zona cero de la inmigración irregular en la frontera Sur de los EUA. Es la zona de la frontera donde se ha disparado de una manera nunca vista la llegada de familias migrantes centroamericanas. El fenómeno comenzó en el 2014, con una llegada sorpresiva de niños solos que desbordó al gobierno de Barack Obama. Bajó a mínimos históricos en el 2017 y ha repuntado dramáticamente en el último año. En los primeros 6 meses de este año fiscal (a partir de octubre del 2018), han sido detenidas 360 mil personas en la frontera Sur de los EUA, más del doble que en el mismo periodo del año anterior.

El sector con más detenciones sigue siendo el del Este de Texas: el Valle del río Grande, con 136 mil detenciones en 6 meses. Suponen un 106 % más que en los mismos meses del año anterior. En El Paso, en la zona desértica del Oeste de Texas, ha habido 71 mil detenciones, hasta marzo, pero suponen un aumento del 547 %: “Esto es algo a lo que nunca se había enfrentado en la historia, la Patrulla Fronteriza”, dice el agente Fidel Baca, nacido y criado en El Paso y con 10 años como policía de fronteras. El Paso es el Valle del Río Grande, desde hace 5 años. Es San Diego, hace 20. Ya no quedan pasos tranquilos en la frontera entre los EUA y México.

Las detenciones de mexicanos y centroamericanos

Las cifras totales están lejos de los máximos históricos. Durante los 90 del siglo pasado, era habitual superar el millón de detenciones al año. En el 2000 se marcó un récord, con 1.6 millones. Esto se hizo con unos 5 mil agentes. Ahora hay 18 mil, menos de la mitad de esa cifra, y están desbordados, pero hay que mirar más de cerca. Lo que ha cambiado es el perfil del migrante. Antes eran hombres solos, mexicanos, que cruzaban para trabajar. Eran detenidos y devueltos inmediatamente a México.

Ahora son familias centroamericanas con niños. El sistema se encuentra con un dilema: no se les puede deportar a México, porque no son mexicanos, y no se les puede mantener detenidos, porque tienen niños. Para desesperación del presidente Donald Trump, sólo se les puede soltar con una orden de presentarse ante el juez. Cuando se pregunta a las familias, lo reconocen sin problemas: vienen con niños porque piensan que les será más fácil entrar a los EUA.

Los hombres solos mexicanos que intentaban cruzar para trabajar, “duraban en custodia, 2 horas”, relata el agente Baca: “Los podíamos regresar inmediatamente a México”. Hoy, las familias (al menos un adulto con un niño) representan el 53 % de las detenciones, y los niños solos, el 10 %: “Como están en custodia, tenemos que cuidar de ellos. Tenemos que darles atención médica, que le está costando millones al gobierno, y 4 comidas al día. Con tanta gente en custodia, no tenemos el nivel de agentes que necesitamos para transporte y papeleo”, explica un agente fronterizo.

La razón por la que esta situación se ha trasladado hacia el Oeste, hacia El Paso, es que “la ruta hacia McAllen se ha vuelto más peligrosa”, según la información de Paniagua. Además, “en la comunidad de Ciudad Juárez y El Paso hay una buena coordinación entre gobierno y sociedad civil, y eso es un incentivo”.

Efectivamente, caminando por El Paso, no se ve a estos inmigrantes. Cuando salen de la detención, se hace cargo de ellos un frágil pero eficiente sistema de acogida, que se basa en donaciones y trabajo voluntario. Siempre había dado de sí, pero ahora está desbordado.

En circunstancias no menos favorables está la frontera de México con Guatemala, en Tapachula Chiapas, donde el gobierno de México suspendió temporalmente los trámites para ingresar a nuestro país, por razones humanitarias desde el 19 de marzo. El Instituto Nacional de Migración (INM) informó que tentativamente abrirán hasta el 15 de mayo, si las condiciones de seguridad del edificio y personal se cumplen.

De acuerdo con cifras del INM, durante el primer trimestre de este año se han deportado 30 mil 187 centroamericanos, mientras que datos de la Comisión Nacional de Ayuda a Refugiados (Comar) resaltan que, al cierre de marzo pasado, 12 mil 716 migrantes han solicitado la condición de refugiado.

De ellos, 6 mil 996 son de Honduras; dos mil 116, de El Salvador; mil 871, de Venezuela; 679, de Guatemala; 455, de Nicaragua, y 599, de otros países. Proyecciones de la Comisión estiman que, para finales de este año, la cifra alcanzará las 50 mil solicitudes.

Sin duda, una difícil situación, tanto para los migrantes y sus familias como para quienes desde la Iglesia católica y a través de las casas del migrante, esta situación, desde el primer momento, les ha rebasado.

Colaboremos Juntos: Te invito a que, si ves a un migrante centroamericano por las carreteras y está en tus manos brindarle una moneda para que continúe su viaje, lo hagas. Si está a tu alcance que te reciba agua o una galleta, también hazlo: “En la migración, también somos familia”.