Por: Pbro. Francisco Martínez

No encontraremos el sentido a nuestra vida, de no conciliarla con el misterio de la muerte. Suceso inevitable al que Ernest Bloch llegó a calificar como “la más inexorable de las anti-utopías” (El principio de esperanza, Trotta, Madrid, 2004). Misterio tan radical e impactante que en su libro The Trouble with Being Born = ‘el enredo de haber nacido’, a Emile Cioran le remite a clamar: “La vida nada es; la muerte lo es todo. No obstante, sin la vida, la muerte no existe; no es, pues, autónoma, pero, por lo mismo, no sólo es omnipresente, sino universal” (La tentación de existir, Taurus, Madrid, 1973).

Desde luego, si no se nace, tampoco se muere. Eventos, ambos, tan humanamente trascendentes, que nos orillan a encarar temas centrales de la religiosidad: gracia, pecado, redención… divinidad: entre la luz y la oscuridad, entre la soledad existencial y Emmanuel = ‘Dios-con-nosotros’, dicotómica fenomenología. 

Lo que inexorablemente nos empuja a plantearnos el sentido y el significado de la vida (incluyendo, si la hay, la vida después de la muerte), y, claro está, cuál sea el porqué de nuestro nacimiento. En ese sentido, la celebración de este Primer Domingo de Adviento constituye una oportunidad para iluminar ese fenómeno existencial.

Adviento remite a Redemptoris adventus = ‘llegada del Redentor’. Por lo que, dado que nadie puede dar lo que no tiene, no puede tratarse de una simple creatura. Tampoco, no porque se considere imposible, sólo de Dios, sino de ese misterio insondable y amoroso que es la humanización de Dios (cfrt. Castillo, J., La humanidad de Dios, Trotta, Madrid, 2012). Tiempo, entonces, de reflexión. Tiempo de gracia y de arrepentimiento. Tiempo de vigilia y esperanza. Tiempo, cual simbolizan sus 4 coronas: de fe, de amor, de paz y de tolerancia. Por consiguiente, tiempo -en estos aciagos tiempos- harto necesario.