Sin duda alguna, experimentar en carne propia debiese ayudarnos a comprender los goces o padecimientos ajenos. Por desgracia, empantanados como solemos estar en nuestro etnocentrismo, no siempre miramos al otro. Lo que a éste le suceda o le haya acontecido, así nos suceda o acontezca, no nos mueve de espontánea manera a colocarnos en sus zapatos. 

Por ejemplo, a quienes tenemos como privilegio estar transcurriendo casi la totalidad de nuestros días dentro de las ahora zonas de refugio que habitan los pueblos originarios, en este caso, las queridas comunidades p’urhépecha, nos causa cierta incredulidad el que para la sociedad dominante, que con sus grandes centros urbanos aún las explota, éstas en la práctica no existan para otra cosa. 

Venga, entonces, a colación, el expolio de la Conquista. Maestra de la vida, la Historia enseña, porque en merma de los pueblos originarios, conquista advino colonización. Ésta, comprensión de la jerárquica estructura de las comunidades indígenas que, sin decir agua va, transcurrió a una ominosa igualdad: sobrevivir como tributarios (Cfr. Moreno, A., “El siglo de la conquista”, en Historia General de México, Colmex, México, 1976, T. II., pp. 60 a 65).  

Sólo quienes entre los indígenas se plegaron a los conquistadores, consiguieron alguna canonjía. Temporalmente, desde luego. El hecho es, como apunta Alejandra Moreno, que nunca pasaron de fungir “como intermediarios”. Como pandémica catarata, sobrevinieron los cambios: la población indígena, cuando no desapareció, quedó diezmada; los cultivos tradicionales resultaron menguados; los campesinos indígenas fueron desplazados, acabando como trabajadores de minas o constructores de palacios. 

Para colmo de males, les vino el total desamparo: escasez de alimentos, viruela y trabajos forzados. Su mundo se deshizo. Su identidad cultural quedó contaminada. Su idioma, traslapado. Su territorio, expoliado. Nunca cejaron, sus castellanos invasores, de quitarles su cosmovisión y sus creencias religiosas.  

Trastocados que fueron, como ahora lo siguen siendo, su entorno físico y espiritual, no les quedó a los sobrevivientes sino la resistencia. Activa, habida su impotencia, muy contadas veces. Pasiva, pero efectiva, hasta la fecha. Cierto es que durante los primeros decenios de la ocupación, hubieron por ahí algunos misioneros que actuaron y alegaron a su favor como lo hicieran en Michoacán, Maturino Gilberti, y en otras partes de la Colonia, Fr. Bartolomé de las Casas, pero al final fue la de Motolinía la que hubo rifado.  

Ahora que nuestra sociedad entera suma 9 meses padeciendo en carne propia la escasez, soledad, orfandad, mortandad, etc., que nos está causando esta pandemia, debiese asomarse a ‘los otros’ y ponerse en los zapatos de esos desposeídos que, aparte del Covid, suman casi 5 siglos soportando desgracias y avatares más desoladores e ingratos… nada más y nada menos que de parte nuestra.