Sin duda, el viernes 10 de enero del 2020 quedará registrado como un día sangriento que no debió ocurrir, que nadie vio venir y que necesariamente debe transformar muchas prácticas en las escuelas de Educación Básica; sin embargo, 4 días después del hecho, pocas cosas se han esclarecido, pues sólo hemos leído y/o escuchado, una y otra vez, el recuento de los daños en el tiroteo del Colegio Cervantes de Torreón, los calibres de las armas que se usaron, la secuencia de los disparos, el número de caídos y la conducta “normal” que el pequeño José Ángel presentaba, por lo que resulta inexplicable el acto cometido.

La polémica que ha suscitado el tema de la “operación mochila”, ha revivido, entre el derecho a la privacidad de los menores de edad, el bienestar y seguridad de los alumnos y las instituciones educativas y la obligatoriedad de que éstas atiendan a los reales o posibles conflictos internos y externos. Además, los casos de pequeños al cuidado de los abuelos son muchos y crecientes, por diversas causas, entre ellas el trabajo de uno o de ambos papás, los divorcios, la necesaria emigración o la orfandad por muerte violenta. En este contexto, se espera que la escuela pueda hacer más en la educación de los estudiantes.  

Le bastaron a José Ángel, menos de 5 minutos, para terminar con la vida de una de sus maestras, herir a otro profesor y a varios compañeros y finalmente quitarse la vida. De manera osada, el gobernador de Coahuila redujo las causas a la influencia de un videojuego, sin considerar que un episodio de violencia de esta magnitud es multifactorial, por lo que deben ser muchos los elementos a tenerse en cuenta, antes de conjeturar al respecto. El hecho que preocupa a quienes ejercemos el amado oficio de educar, es encontrar los mejores caminos para abordar problemáticas como ésta, garantizar espacios seguros para quienes asisten a la escuela y reflexionar con los niños y adolescentes sobre actos como el ocurrido en Torreón, pues ninguna institución educativa está exenta de verse involucrada en la violencia exacerbada que se vive en la sociedad y que no está respetando los espacios que en otro tiempo eran los más seguros, como el hogar y la escuela.

Resulta inquietante plantearse qué hacer, de qué manera detectar potenciales actos como el de terrorífico regreso a clases en Coahuila, cómo anticiparse a un atentado, cómo sensibilizar a los alumnos para que disciernan entre lo bueno y lo malo y cómo fortalecer la educación en valores. La tarea es para todos los estamentos de la sociedad: la familia, la Iglesia, la escuela, los medios de comunicación, etc., que deben iniciar, a la de ya, una cruzada pacificadora, antes de que la realidad nos rebase y lamentemos más muertes tan absurdas como las ocurridas en el Norte de México. ¿Qué puedes haces tú, desde tu trinchera, para construir y mantener espacios de paz?