Sin duda que estamos viviendo tiempos inéditos: que la exacerbada violencia que a diario enfrentamos, está llegando a límites inadmisibles, y que la nota roja ya no es noticia por el número de muertos, sino por las formas cada vez más absurdamente cruentas en que se dan tales actos.

¿Más de 100 balas en el cuerpo de una niña? Basta una para quitar la vida a alguien; entonces, ¿cuál es el sentido de ese ensañamiento? Vivimos en medio de una guerra, un día y otro también; los rincones de nuestro estado se cubren de sangre. Ya no son sólo algunas regiones, sino prácticamente todo el suelo michoacano el que a diario recibe el llanto de una madre, un padre, un hermano o hermana, un amigo o amiga. De igual manera ocurre en el resto del territorio nacional. Es difícil emprender cualquier viaje hacia otros lares de este bello país, sin preocuparse por lo que podría ocurrir en los trayectos. La descomposición del tejido social es cada vez mayor; el temor se apodera de todos, y parece imposible sustraerse a un ambiente cada vez más difícil.

Sigo creyendo que los amantes de la paz somos mayoría; también, los que creemos en los demás y los que sabemos que habrá tiempos mejores. La propuesta pacificadora de Mons. Carlos Merlos Garfias, Arzobispo de Morelia, es clara: “Soy pacificador si no soy violento”, una estrategia que invita a responder con actos de paz ante cualquier situación. Creo, también, que la educación es camino para entender que puede vivirse en paz, y sin duda la petición diaria a Papá Dios, a través de la oración, puede hacernos el milagro de una transformación de nuestras sociedades.

Hace falta que las mayorías hagamos lo necesario, de corazón y con pasión, para que este clima que ahora vivimos, se transforme; que la cordura vuelva a quienes han perdido los límites del valor a la vida, y que recuperemos los espacios en los que podamos vivir con las condiciones mínimas de tranquilidad que cualquier ser humano necesita. ¿Tú qué puedes hacer para construir la paz?