Como afirma Benedicto XVI, en Luz del mundo: “Esta relación con el Cielo y la Tierra es muy importante. No es casual que las antiguas iglesias estuviesen construidas de tal modo que el Sol proyectase su luz en el templo en un momento muy determinado. Justamente hoy, cuando tomamos nuevamente conciencia de la importancia de las interacciones entre la Tierra y el Universo, debería reconocerse también el carácter cósmico de la Liturgia”.

El significado intrínseco de este gesto litúrgico: rezar, en una misma dirección, trasciende al hecho de dirigirse simplemente hacia uno de los puntos cardinales. En realidad, “la orientación litúrgica”, en el sentido ideal, puede también prescindir de un estrecho contexto geográfico. De lo que se trata es de la orientación común del sacerdote y de la asamblea en la oración litúrgica: “Es una orientación hacia el Señor, es decir, hacia el Padre, por medio de Cristo, en el Espíritu Santo”, por ello, probablemente, no hay que fijarse tanto en la materialidad de la antigua tradición como en su sentido. Si de verdad el símbolo material no puede conservarse, conviene encontrar alguna otra manera de expresar su sentido, por eso descubrir que el cosmos no es ajeno a nosotros y mostrar visiblemente que la oración abarca la creación entera, no supone una huída romántica hacia lo antiguo, sino el redescubrimiento de lo esencial, en lo que la Liturgia expresa su orientación permanente.

Por otra parte, el hecho de que la celebración eucarística tenga una orientación escatológica y que no sea un punto final, sino que espere su consumación en el futuro, debe subrayarse de algún modo. Una indicación válida, la encuentra Benedicto XVI en la praxis de los primeros siglos, cuando el Oriente e imagen de la cruz, así como la orientación cósmica e histórico–salvífica de la devoción, están fundidas. En la imagen de la cruz se expresa, a la vez, el memorial de la Pasión, la fe en la Resurrección y la esperanza de la Parusía. La mirada dirigida a la cruz también resume en sí misma, de algún modo, la Teología de los Iconos, que es la de la Encarnación y la Transfiguración, por todo ello “allí donde la orientación de unos y otros hacia el Este, no es posible, la cruz puede servir como el Oriente interior de la fe. La cruz debería estar en el centro del altar y ser el punto de referencia común del sacerdote y la comunidad que ora”.

Esta posición de la cruz en el centro del altar, indica la centralidad del crucifijo en la celebración eucarística y la orientación exacta que toda la asamblea está llamada a tener durante la liturgia eucarística: no nos miramos unos a otros, sino que se mira a Aquél que ha nacido, muerto y resucitado por nosotros: el Salvador. Es a él, de quien toda salvación proviene, el Sol que surge, a quien todos hemos de dirigir nuestra mirada y de quien hemos de recibir el don de la gracia.

Pbro. Jaime Salgado Ortíz