El culto al Santísimo Sacramento siempre es litúrgico y tiene la máxima importancia litúrgica, por encima de todos los demás. El culto a la Eucaristía está perfectamente regulado por el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la misa, publicado en 1973, y en la Instrucción “Redemtionis Sacramentum”, del 2004. Este culto, fuera de la misa, es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia, y está unido a la celebración del sacrificio eucarístico (J. Pablo II. E”. Ecclesia de eucharistia”, 25).

La exposición y bendición con el Santísimo Sacramento debe ser un acto comunitario que contemple la celebración de la Palabra de Dios y el silencio individual contemplativo y meditativo. La exposición eucarística ayuda a reconocer en ella la maravillosa presencia de Cristo y nos invita a la unión más íntima con Él, que adquiere su culmen en la comunión sacramental. La exposición puede hacerse con el copón o en la custodia, sobre el altar o en un ostensorio. Se le adora con genuflexión.

Para la exposición del Santísimo, litúrgicamente se procederá de la siguiente manera: Reunido el pueblo y, si parece oportuno, habiéndose iniciado algún cántico de carácter eucarístico, el ministro se acerca al altar. Si el sacramento no se reserva, lo acompaña un acólito o fieles con velas encendidas.

El copón o la custodia se colocará sobre el altar, cubierto con un mantel y 4 ó 6 velas de cera encendidas. Si la exposición se prolonga durante algún tiempo y se hace con la custodia, se puede usar el manifestador, colocado en un lugar más alto, pero teniendo el cuidado de que no quede ni muy elevado ni muy distante. Encima del altar, sobre un corporal, es el sitio adecuado. Si se hizo la exposición con la custodia, el ministro inciensa al Santísimo, y luego se retira, si la adoración va a prolongarse.