El pasado 25 de mayo sucedió algo en Minneapolis (USA) que, según algunos analistas, podría cambiar la historia: George Floyd, negro de 46 años de edad, detenido por haber empleado un billete falso de 20 dólares, se vio sometido en el suelo por el agente de la policía Derek Chauvin, quien lo inmovilizó, poniéndole una rodilla en el cuello.

De nada valieron las súplicas de Floyd, quien le rogó varias veces al policía que le dejara respirar. Todo resultó inútil. Chauvin no le hizo caso, y George murió por asfixia.

La terrible muerte del afroamericano ha desatado en los Estados Unidos, una serie de protestas que no cesan y que nuevamente traen a la memoria el recuerdo de los interminables sucesos ocurridos por causa del reconocimiento y la defensa de la dignidad humana, que no depende del color de la piel.

Viene bien recordar lo afirmado por el incansable luchador por el reconocimiento de la igual dignidad de negros y blancos, el inolvidable reverendo Martin Luther King, quien con total pertinencia asentó: “No soy negro; soy hombre”. El color de la piel poco importa. Cuenta la dignidad de toda persona.

En efecto, la dignidad de la persona no depende del color de su piel, sino de algo más sustantivo: de su pertenencia a la especie humana y de su singularidad irrepetible. Se tenga fe o no, todo ser humano goza de una dignidad que nadie le puede arrebatar.

Para quienes gozamos del don de la fe cristiana, existe un motivo todavía más hondo: nuestra semejanza con Dios, como nos refieren las primeras páginas del Génesis: “Y creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; macho y hembra lo creó”.

Aquí se encuentra la radical dignidad de todo ser humano. El color de la piel es algo accesorio. Por desgracia, el supremasismo blanco aún está muy arraigado en algunos sectores norteamricanos. Lástima.