Jesús es un «joven entre los jóvenes para ser ejemplo de los jóvenes y consagrarlos al Señor». El Sínodo dijo que «la juventud es una etapa original y estimulante de la vida, que el propio Jesús vivió, santificándola».

La juventud de Jesús

El Señor «entregó su espíritu» en la cruz cuando tenía poco más de 30 años de edad. Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven, dio su vida en una etapa que hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y así «brilló una gran luz» (Mt 4, 16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin. Este final no era improvisado: toda su juventud fue una preparación. Mateo sitúa el periodo de la juventud del Señor entre 2 acontecimientos: el regreso de su familia a Nazaret, después del tiempo de exilio, y su bautismo en el Jordán, donde comenzó su misión pública.

Este bautismo no era como el nuestro, que nos introduce en la vida de la gracia, sino una consagración antes de comenzar la gran misión de su vida. El Evangelio dice que su bautismo fue motivo de la alegría y beneplácito del Padre: «Tú eres mi Hijo amado» (Lc 3, 22). En seguida, Jesús apareció lleno del Espíritu Santo y fue conducido por el Espíritu al desierto. Así estaba preparado para salir a predicar y a hacer prodigios, para liberar y sanar (Lc 4, 1-14). Cada joven, cuando se siente llamado a cumplir una misión en esta Tierra, está invitado a reconocer en su interior esas mismas palabras del Padre Dios: «Tú eres mi hijo amado».

Entre estos relatos, encontramos uno que muestra a Jesús en plena adolescencia: cuando regresó con sus padres a Nazaret, después de que ellos lo perdieron y encontraron en el templo (Lc 2, 41-51). Lucas agrega que Jesús «crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2, 52), es decir, se preparaba, y en ese periodo profundizaba su relación con el Padre y con los demás. Con estos datos evangélicos podemos decir que en su etapa de joven, Jesús se fue «formando» y preparando para cumplir el proyecto del Padre. Su adolescencia y juventud lo orientaron a esa misión suprema.

En su juventud, la relación con el Padre era la del Hijo amado. No pensemos que Jesús fue un joven solitario o ensimismado. Su relación con la gente era la de un joven que compartía la vida de una familia bien integrada en el pueblo; aprendió el trabajo de su padre, y luego lo reemplazó como carpintero, por eso en el Evangelio se le llama «el hijo del carpintero» (Mt 13, 55). Este detalle muestra que era un muchacho más de su pueblo, que se relacionaba con toda normalidad. Por esta razón, cuando Jesús salió a predicar, la gente no se explicaba de dónde sacaba esa sabiduría: «¿No es éste el hijo de José?» (Lc 4, 22).

Entender con naturalidad la vida de Jesús en su juventud, nos lleva a reflexionar en el testimonio que deja a las nuevas generaciones, desde su relación con Dios como Padre, hasta vivir y cumplir la misión a la que cada persona y joven es llamado. El Señor Jesús fue grande y nos llama a hacer cosas grandes y extraordinarias. No seamos indiferentes a su llamado.