Si en tu  vida has descubierto que Dios es amor, la segunda verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final, para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo: «Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13, 1). San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá 2, 20).

Ese Cristo que nos salvó en la Cruz de nuestros pecados, con ese mismo poder de su entrega total, sigue salvándonos y rescatándonos. Mira su Cruz, aférrate a Él y déjate salvar. Quienes se dejan salvar por Él, son liberados del pecado, la tristeza, el vacío interior y el aislamiento, y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona 70 veces 7. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros, una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría».

Nosotros «somos salvados por Jesús, porque nos ama. Podemos hacerle las mil y una, pero nos ama y nos salva, porque sólo lo que se ama puede ser salvado; sólo lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, nuestras fragilidades y pequeñeces, pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces, como Él quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, después de nuestras caídas, ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie, porque la verdadera caída -atención a esto-, la que es capaz de arruinarnos la vida, es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar».

Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado o tengamos que adquirir con nuestras obras o esfuerzos. Él nos perdona y nos libera, gratis. Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó, primero» (1 Jn 4, 19).

Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes “¡no tienen precio! ¡No son piezas de subasta! Por favor, no se dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las colonizaciones ideológicas que nos meten ideas en la cabeza y, al final, nos vuelven esclavos, dependientes, fracasados en la vida. Ustedes no tienen precio. Deben repetirlo siempre: no estoy en subasta, no tengo precio. ¡Soy libre! Enamórense de esta libertad que es la que ofrece Jesús”.

Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez, y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia, que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada, con cariño, y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez (CRISTO VIVE, 118-123).