“Aquí hay un muchacho que tiene 5 panes de cebada y 2 pescados, pero ¿qué es eso para tanta gente” (Jn 6, 9).

Estimados lectores del periódico Mensaje, les saludo con la alegría del gozo pascual. ¡Deseo que el Señor Resucitado vencedor del pecado y de la muerte nos dé su gracia para testimoniar en nuestra vida la Resurrección! En el artículo de mi presentación, que fue el anterior, les decía que iba a escribir antes de entrar en la materia propia que atañe a una directriz en formación de Pastoral Juvenil, sobre algunos datos de la vida de juventud del Señor Jesús. Ahora quiero compartir con ustedes la siguiente carta tomada de un libro que se llama: “Un Señor como Dios manda”, de José Luis Cortés. Es una carta que el Señor Jesús dirige a su madre María.

Querida Mamá: cuando te despiertes, yo ya me habré ido. He querido ahorrarte despedidas. Ya has sufrido bastante, y lo que sufrirás, María. Ahora es de noche, mientras te escribo. El gato me mira como diciendo: ¿Es que no va a poder dormir uno en esta casa, nunca? Quiero decirte por qué me voy, por qué te dejo, por qué no me quedo en el taller haciendo marcos para las puertas y enderezando sillas, el resto de mi vida. Durante 30 años he observado a la gente de nuestro pueblo y he intentado comprender para qué vivían, para que se levantaban cada mañana, y con qué esperanza dormían todas las noches. Juan, el de la panadería, y con él la mitad de Nazaret, sueñan con hacerse ricos y creen  de verdad que cuantas más cosas tengan, más completos van a ser. El alcalde y los otros ponen el sentido de sus vidas en conseguir más poder, en disponer del futuro de los demás. El rabino y sus beatas se han rendido ya de todo lo que signifique esforzarse por crecer y se disculpan haciéndolo pasar por voluntad de Dios. A veces, madre, cuando llegaba el cartero y sonaba la trompetilla en la plaza, cuando la gente corría alrededor, yo me fijaba en esas caras que esperaban ansiosa, deliberadamente, de cualquier parte y con cualquier remitente, una buena noticia. Hubieran dado la mitad de sus vidas porque alguien les hubiera abierto, desde fuera, un boquete en el cascarón. Me venían ganas de ponerme en medio y gritarles: ¡La noticia buena ya ha llegado! ¡El Reino de Dios ya está dentro de ustedes! ¡Las mejores cartas les van a llegar desde dentro! ¿Por qué se sienten cojos si Dios les ha dado piernas de gacela? Yo me siento prendido por la plenitud de la vida. Yo me descubro encendido en un fuego que me lleva y me hace contarles a los hombres, noticias simples y hermosas que ningún periódico dice nunca. Y quisiera llevar esa vida en abundancia a todo el mundo. Ya sé que soy un carpintero sin bachillerato y que apenas he cumplido la edad para poder abrir los labios al público. No me importaría esperar más, pero esta tarde han detenido a mi primo Juan, quien bautizaba en el río Jordán. Entonces, ¿quién alentará ahora la chispita de esperanza que aún humea en el corazón de los pobres? ¿Quién gritará lo que Dios quiere, en medio de tantos gritos que no quieren a Dios? ¿Quién jurará a los sencillos y a los cansados que tienen derecho a vivir porque son queridos desde el principio del universo? Hay demasiada infelicidad, mamá, como para que yo me contente con fabricar sillas para unos pocos… demasiados ciegos, muchos pobres, muchos necesitados. No se puede creer en Dios en un mundo donde los hombres mueren y no son felices… al menos que se esté del lado de los que dan su vida para que todo eso no siga sucediendo; para que el mundo sea como Dios lo pensó. Si te he de decir la verdad, no tengo nada claro sobre qué es lo que voy a hacer, pero sé por dónde empezar. No sé dónde terminaré. Por lo pronto, me iré a Cafarnaúm, donde hay más gente, y lo que pase tendrá más resonancia. Está amaneciendo. Te escribiré. Te vendré a ver de vez en cuando. Las vecinas, el gato, las estrellas y Dios Nuestro Señor te harán compañía en esa ola inmensa de convivencia fraterna con la naturaleza, que los hombres no son capaces de descubrir.

Con esta carta, quiero hacer ver a manera de relato, lo que algunos imaginan que fue el ideal de juventud del Señor Jesús. Yo recuerdo de manera indeleble, casi a guisa de imperativo categórico, una oración que aprendí a mis casi 15 años en el Seminario Menor, que se llama: “Ideal de juventud”. Hoy se acusa a muchos jóvenes de carecer de ideales y proyectos en pro de los demás. Considero que hay bastantes jóvenes que tienen ideales a favor de sus hermanos. Ojalá que al leer esta carta, arda en nosotros un deseo ardiente como el del Señor Jesús en su juventud, de que el mundo sea diferente, con más justicia, menos sufrimiento, más felicidad y un gran deseo de servir a los demás.