La juventud no es algo que se pueda analizar en abstracto. En realidad, la “juventud” no existe. Existen los jóvenes, con sus vidas concretas. En el mundo actual, lleno de progresos, muchas de esas vidas están expuestas al sufrimiento y la manipulación.

Jóvenes de un mundo en crisis

Los padres sinodales evidenciaron con dolor que «muchos jóvenes viven en contextos de guerra, y padecen la violencia en una innumerable variedad de formas: secuestros, extorsiones, crimen organizado, trata de seres humanos, esclavitud, explotación sexual, estupros de guerra, etc. A otros jóvenes, a causa de su fe, les cuesta encontrar un lugar en sus sociedades, y son víctimas de diversos tipos de persecuciones, incluso la muerte. Son muchos los jóvenes que, por constricción o falta de alternativas, viven perpetrando delitos y violencias: niños soldados, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, terrorismo, etc. Esta violencia trunca muchas vidas jóvenes. Abusos y adicciones, así como violencia y comportamientos negativos, son algunas de las razones que llevan a los jóvenes a la cárcel, con una especial incidencia entre algunos grupos étnicos y sociales».

Muchos jóvenes son ideologizados, utilizados y aprovechados como carne de cañón o fuerza de choque para destruir, amedrentar o ridiculizar a otros. Lo peor es que muchos son convertidos en seres individualistas, enemigos y desconfiados de todos, que así se vuelven presa fácil de ofertas deshumanizantes y de los planes destructivos que elaboran grupos políticos o poderes económicos. Todavía son «más numerosos en el mundo, los jóvenes que padecen formas de marginación y exclusión social, por razones religiosas, étnicas o económicas. Recordamos la difícil situación de adolescentes y jóvenes que quedan embarazadas, y la plaga del aborto, así como la difusión del VIH, las varias formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.) y la situación de los niños y jóvenes de la calle, que no tienen casa ni familia ni recursos económicos». Cuando, además son mujeres, estas situaciones de marginación se vuelven doblemente dolorosas y difíciles.

No seamos una Iglesia que no llora frente a estos dramas de sus hijos jóvenes. Nunca nos acostumbremos, porque quien no sabe llorar, no es madre. Nosotros queremos llorar, para que la sociedad también sea más madre; para que en vez de matar, aprenda a parir, y para que sea promesa de vida. Lloramos cuando recordamos a los jóvenes que ya han muerto, por la miseria y la violencia, y le pedimos a la sociedad que aprenda a ser madre solidaria. Ese dolor no se va; camina con nosotros, porque la realidad no se puede esconder. Lo peor que podemos hacer es aplicar la receta del espíritu mundano, que consiste en anestesiar a los jóvenes con otras noticias, otras distracciones y banalidades (Documento “Cristo Vive”, 71-75).