Todo sistema o forma de gobierno, como la mayoría de las cosas en esta vida, tiene su pro y su contra. Fuera de algunos que son claramente viciosos como la oligarquía, la dictadura, la plutocracia y otros, todo sistema aceptable tiene que ver más con la forma de los que ejercen el poder.

Veamos la Monarquía, gobierno que no existe en la América republicana, sino en otros continentes, ha tenido de todo: reyes excelentes y otros que hicieron mucho daño.

Ciñéndonos a América y más todavía a México, la forma menos imperfecta de gobierno, no me atrevo a decir la mejor sin más, es la democracia. Aunque actualmente y en tiempos no tan remotos a muchos gobernantes, elegidos por el voto popular, después les viene la tentación de convertirse en dictadores y no se resisten a ello. Algunos de ellos, mediante la lucha armada, en muchas ocasiones, derrocaron al tirano y después se convirtieron en uno más que se dejaron embriagar por una de las mayores tentaciones del hombre: el poder. Fidel Castro, en Cuba; Chávez y Maduro, en Venezuela; Evo Morales, en Bolivia, Daniel Ortega, en Nicaragua, que ahora es acompañado en la Vicepresidencia por su mujer.

Durante muchos años, 70, México padeció una dictadura de partido o de partido casi único, hasta que por el desgaste del poder y los grandes abusos que se cometen cuando no existe oposición y la libertad de expresión es limitada mediante estos dos métodos: la amenaza o/y la compra.

En México una democracia más plena llegó con las elecciones del año dos mil en las que Vicente Fox derrotó al sistema. Después vino Calderón y luego en este sexenio volvió el viejo PRI que se disfrazó de un PRI renovado, pero que, a la postre, resultó el peor de todos porque la corrupción, la impunidad y la violencia han sido monumentales. Hemos llegado en esos renglones hasta donde nunca sospechamos que lo podíamos hacer. En encuetas recientes el 75 por ciento dice sentirse inseguro en la ciudad donde habitan. Dichoso ese 25 por ciento que se siente tranquilo.

Ahora, con la elección de López Obrador la esperanza de un cambio ha renacido en millones de mexicanos, aunque en otros muchos existe una gran incertidumbre. En su afán por llevar a cabo “su” cuarta transformación parece querer arrasar con muchas cosas. Habrá aciertos, sin duda, pero, como decía aquella antigua canción mexicana que a muchos nos conmueve: “Ando tomando por una cautela, ando tomando por una mujer…Ay, no fue verdad lo que ella me prometió, todo fue una falsedad falsa moneda con la que me pagó”. “Haremos de cuenta que fuimos basura, llegó un remolino y nos levantó y al mismo tiempo de andar en la altura el mismo viento nos desapartó”.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Nada. Es una simple analogía, comparación o semejanza. Dos cosas semejantes tienen algo en común y algo diferente.

El señor López Obrador es un torbellino. Es asombroso para un hombre que ya no es tan joven y ha tenido problemas de salud que, según él dice, los tiene bien controlados con un coctel de pastillas. Si siempre su actuar fue frenético, ahora con el impulso que a muchos da el poder, se ha incrementado. Sería deseable que reposara un poco más y sentado en el sillón de su casa, dedicara un tiempo a una reflexión seria sobre todo aquello que pretende hacer. Y que escuche voces sensatas, que no sean eco de la suya. Será difícil por su autoritarismo manifiesto. Y no estaría mal que reconsiderara algunos de sus nombramientos, como el de Jiménez Espriú, que fungirá como Secretario de Comunicaciones y Transportas, un hombre de aspecto hosco y trato difícil.