Cada vez que despierto, mis primeras palabras son: servicio y aprender, y por 3 veces: Dios mío, que no sea indiferente al que sufriendo está, y enseguida, mi oración.

Por placer escribo estas cosas, y cuando lo hago, cómo se lo agradezco al que me permite ver en el cielo la luz y la oscuridad, y en la tierra, sentir los recipientes de agua y rocas que separan los espacios donde habitamos, pero más le agradezco porque me hizo para estar con Él.

¿Dónde quedaron los profetas que deambulando predicaban con entusiasmo y pasión, cautivando a más de algún interlocutor y acercándolo a Jesucristo Nuestro Señor? El rasgo fundamental de habitar “la casa común” es amar al que nos hizo por amor. No tener miedo, nos dice Jesús; el paso lento y seguro de Dios nos sustrae a su persona. Para quien está sólo y sin Dios, esta pandemia causa miedo, es terrible. La hipocresía y la incongruencia nos nacen por no creer en Jesucristo.

Claro, tiene usted mucha razón, amigo: la fe tiene que dar frutos, por eso alabo y estoy contento de que mis compañeros sacerdotes no están con las manos cruzadas. Ya lo ve usted: unidos, comprando respiradores y con cuidados sanitarios para erradicar la pandemia; otro tanto está fomentándose en las parroquias para movernos a realizar buenas iniciativas y los cuidados necesarios, para ayudar a mucha gente cercana a la Iglesia y la distante. Todo sin descuidar lo principal: evitar alejarnos de Jesucristo, ya que sin Él no hay salud.

No soy juez ni es de mi agrado ocupar este puesto, y nunca usurpar al Justo Juez: Jesucristo, Rey del Universo y de la Historia. Ya ve, amigo, creo que es una buena oportunidad para revalorar la vida, y cuando ociosos estemos, no perder la oportunidad de amar a los niños, a los jóvenes y a los ancianos.

En conclusión, convertirnos a Dios. Este domingo lo escuchamos en la Liturgia de la Palabra: el tiempo se ha cumplido. ¡Ya es hora de despertarnos a la aurora de Dios!