Como corriente pedagógica, el constructivismo propone poner en manos del estudiante los recursos necesarios que le permitan crear sus herramientas a fin de construir una metodología propia en orden a resolver las incógnitas que se le presentan, de modo tal que durante el proceso dé un paso más en el aprendizaje, en tanto adquiere la capacidad de cuestionar y modificar sus ideas. 

Se trata, por consiguiente, de un proceso de carácter autagógico y, por ende, interactivo, en el que ha lugar para una interacción maestro-alumno-maestro, a la manera de lo que Ausebel asevera: “se dará un aprendizaje significativo cuando… se consiga relacionar de forma sustantiva lo que el alumno conoce, con aspectos relevantes de su estructura cognitiva” (Ausubel, D., Educational Psychology: A Cognitive View. Holt & Rinehart, New York, 1968).

Proceso que hube el privilegio de hacerlo mío cuando estudiaba filosofía en el Seminario Mayor de Jacona, bajo la guía del padre Javier Lozano Barragán. Para un ojo no avezado parecería que, en sus clases, el padre Lozano no seguía otra didáctica que la tradicional. Ésa cuyo protagonista único es el maestro, cimiento y condicionante del éxito educativo, porque a él y sólo a él corresponde organizar la transmisión del conocimiento.

Nada más alejado de la realidad. Cierto que él, no bien iniciaba su clase, iba esquematizándola comenzando por la parte superior izquierda del pizarrón, siguiendo una secuencia rigurosamente lógica, hasta finalizar en la parte inferior derecha, justo cuando sonaba la campana. No obstante, resultaba imposible que el alumno, si atento, no terminara involucrado y motivado a continuar indagando por su parte. Y a cuestionar u objetar cuanto considerara necesario. Desde luego que el padre Lozano, defendiendo a capa y espada lo expuesto, nunca se quedaba callado. Lo que no evitaba que el alumno -y lo digo por experiencia- se viera orillado a seguir investigando por su lado. En ese sentido, y a mi parecer, el padre Lozano, facilitador y mediador entre el conocimiento acuñado y el sujeto que lo aprehende, no fue un docente tradicional, sino un excelente constructivista.

 

         ¡Gracias mil, padre Lozano!

 

Francisco Martínez