No hay matrimonios perfectos ni familias perfectas. En las familias “vuelan los platos”, ha expresado el Papa Francisco en más de 2 ocasiones.  El contexto moderno, marcado por un profundo individualismo, influye decisivamente en las relaciones humanas, donde lo que se pondera es sólo “lo que yo quiero”, “lo que yo deseo”, y se impone “lo que yo digo” o “lo que yo pienso”. En las relaciones interpersonales y en las matrimoniales hay desacuerdos y diferencias. En no pocos momentos, las discusiones y diferencias se acentúan y vienen luego los gritos, los reclamos, el enojo y hasta la ofensa. Es prácticamente imposible evitar las discusiones, por la simple razón de que somos diferentes.

Los matrimonios deben aprender a discutir para resolver diferencias, pero sobre todo, a no discutir frente a los hijos, como una regla de oro. Hay momentos en los que las diferencias se dan frente a los hijos.  A veces, el mal momento llega cuando están los peques, y entonces viene la discusión. Una dramática realidad en México es la violencia que se da en el hogar, donde la mujer, incluso el hombre, es la víctima.  La regla de oro es, pues, no discutir frente a los hijos, no pelear frente a ellos. Los golpes y las ofensas, ni frente a los hijos ni estando solos.

El domingo pasado, en la Solemnidad del Bautismo del Señor, el Papa Francisco, bautizando a 27 niños de todo el mundo, dijo: “Les aconsejo que nunca peleen delante de los niños. Es normal que los esposos peleen; sería raro si no lo hicieran, pero háganlo sin que ellos lo escuchen o vean. No saben la angustia que recibe un niño cuando ve pelear a sus padres”. Una verdad que la ciencia ha comprobado: un estudio publicado en el 2010 en una revista de salud británica, indica que “los niños que están expuestos a violencia intrafamiliar (desde gritos hasta maltrato físico) muestran la misma frecuencia de ondas en su cerebro que un soldado que se encuentra en el campo de batalla, agregando que durante la infancia, nuestro cerebro es muy maleable, y este tipo de situaciones lo marca e incide directamente en su formación”.

¿Cuáles son las consecuencias de discutir o pelear frente a los hijos? Según la Psicología, una de las principales es el ejemplo que el niño está recibiendo, pues asume que los conflictos no se pueden resolver de otra forma que no sea la discusión, el grito, el golpe y la imposición. Con el tiempo normalizará la conducta y repetirá el patrón en el barrio y la escuela, incluso en la misma casa con los hermanos.

Papá y mamá son los referentes de los hijos, de manera que verlos en continua discusión y que no se respetan, puede provocarles una baja autoestima y otros problemas, como la falta de concentración y el fracaso escolar. Otras situaciones no menos graves es que los pequeños crecen con una gravísima incapacidad de controlar sus emociones y sentimientos, y finalmente de soportar la frustración. Cuando los niños viven situaciones de mucha violencia, no es difícil que con el tiempo experimenten un miedo inexplicable, desmotivaciones y trastornos de ansiedad y depresión. Según un ensayo publicado en el “Journal of Child Psychology and Psychiatry”, los menores expuestos al conflicto, pueden experimentar problemas de sueño, una mayor frecuencia cardiaca y tener desequilibrios en las hormonas relacionadas con el estrés, desde una edad tan temprana como los 6 meses.

La buena noticia es que podemos evitar situaciones como las descritas y consecuencias graves en nuestros hijos. Es importante que los padres de familia tengan la capacidad de hacer un alto en el momento del enojo, y si los hijos están presentes, respirar, quizá poner distancia de por medio, y cuando la situación esté más calmada, solucionar el problema. Respirar, siempre es el principio clave para relajarse y despejar la mente. Cuando los conflictos y los problemas son ya el pan de cada día, es menester buscar la ayuda de un sacerdote o un especialista que pueda orientarnos y, por qué no, mediar en nuestros conflictos. Vivamos en paz. Lo merecemos y lo merecen nuestros hijos.