No se necesita ser un experto y gran analista para darse cuenta de que después de la pandemia ocasionada por el COVID 19, nada será igual en nuestro mundo. Las cosas han comenzado a cambiar, aún antes de que se diera el primer caso en nuestro país. Fue la Iglesia Católica una de las primeras instituciones en tomar medidas cautelares, pidiendo que en el rito de la paz, se cambiara el saludo de mano por algún otro gesto, y dando la Comunión en la mano, con todos los cuidados posibles. Cambiará la forma y la lógica de la economía, sin duda, como también los protocolos médicos, los de higiene, la forma en que viajamos y, desde luego, el sistema educativo. En fin, somos testigos vivientes de cómo ha terminado la forma en que se educaba a las mujeres y hombres de los últimos 100 años, gracias a la famosa pandemia.

Un sistema disfuncional

Habrá que empezar diciendo que el sistema educativo mexicano era -bueno, aún lo es- poco más que precario e ineficiente. Fundamentalmente, por 2 razones: la primera, que responde a la lógica del sistema político, a sus particulares intereses y a su muy limitada visión de la realidad, y la segunda, el sindicato de maestros (SNTE), el más grande de América Latina, que se distingue por sus liderazgos corruptos y corruptores, amantes del poder y capaces de poner toda la estructura magisterial al servicio del “tlatoani” en turno. 

La consecuencia de esto es que tenemos un sistema educativo más preocupado por satisfacer al poder político que por formar de manera integral a los niños y adolescentes. Un sistema educativo con una gran producción de mano de obra barata -carreras técnicas- y muy pocas mentes pensantes y transformadoras. Además, un sistema ideologizado que manipula sin pudor alguno hasta la historia nacional, para que los héroes del país sean los del partido y, evidentemente, del sistema. La educación en México no es para la clase política, la vía para construir una mejor nación, sino un coto de poder, de mucho poder, por el que se han librado batallas terriblemente viscerales.

Una gran oportunidad

Toda crisis es una oportunidad, y la hay en esta coyuntura, para mejorar las formas y los lenguajes de la educación y el sistema educativo mexicano. El cambio difícilmente vendrá del gobierno; tendrá que ser la sociedad civil organizada, la que pueda encabezar una transformación paulatina hacia un nuevo paradigma educativo. Este paradigma tendrá que partir de la premisa -sine qua non- de que son los padres de familia los primeros responsables de la educación de los hijos, y que el gobierno ofrece un servicio subsidiario. Si la educación no se entiende de esta manera, seguirá siendo presa de los que ostenten el poder y estará a merced de ellos.

Es imperante un sistema educativo que supere la lógica decimonónica, jacobina y trasnochada del “estado laico”, y entienda que la persona tiene una dimensión espiritual, trascedente, que debe ser atendida y formada. Muchos se rasgarán las vestiduras, pero es justo que se contemple a la religión -la que se profese- como parte de la educación de los niños y jóvenes.  Estos días de pandemia nos han metido a la lógica de la educación en línea, que nos ofrece un sinfín de oportunidades y bondades. La tecnología es ahora el elemento indispensable en la educación, en toda educación, de tal suerte que el sistema educativo tiene que superar la lógica del aula, para dar paso a la realidad virtual. En este sentido, es justo que el gobierno reconozca otras formas de educación, como la llamada “Homeschool” (Escuela en casa), como opciones válidas para la formación de las nuevas generaciones. Son tiempos de cambios, y la educación cambiará. Para que el cambio sea positivo, es esencial que los padres de familia seamos los protagonistas.

Arnold Jiménez