No hay nada más comercial y capitalista que la celebración del mes del “orgullo” homosexual. Las grandes marcas, las grandes empresas, se han subido al tren de la “tolerancia”, y por ello pintan sus logotipos con los colores del arcoíris. No importa si promueven o no políticas internas de auténtico respeto e inclusión para todos; hay que ser políticamente correctos, antes de que vociferen los corifeos de quienes, sin mediar reflexión alguna, azuzan a las masas para señalar a los que no promueven los “derechos” para todos.

Lo mismo pasa en las grandes urbes y en los pequeños ayuntamientos: pintan monumentos de colores, cuelgan grandes banderas en los edificios, incluso pasan sobre las leyes y pintan banderas nacionales y locales, para tranquilizar a las turbas enardecidas que, aunque pocas, suelen hacer mucho ruido, condenando a los gobiernos que no saben ser “incluyentes” con la llamada “comunidad” LGBTTTIQ+ (más todas las letras que se acumulen, según muy particulares sentires).

Seamos serios: en realidad ni a las grandes empresas ni a los gobiernos suelen importarles las personas homosexuales de carne y hueso, en la vida diaria. Responden al “lobby gay”, a sus intereses y a su estrategia inquisitiva, que no reclama derechos, sino privilegios y fueros; que exige tratos privilegiados y por el simple hecho de tener una “preferencia” distinta. Ya el Papa Francisco, en el vuelo de regreso de Brasil a Roma, después de participar en la Jornada Mundial de la Juventud, decía que el “lobby” es perverso, justamente para señalar que una cosa es la persona homosexual -a la que hay que respetar y amar, por el simple hecho de ser persona-, y otra cosa son los intereses ideológicos, económicos y de poder que promueven la ideología y a los que no les importa la persona.

El problema es que esto tiene consecuencias que son delicadas para el desarrollo armónico de la vida social de una comunidad, porque hay posturas que llevan al absurdo. Ejemplos sobran, a lo largo y ancho del mundo. La primera consecuencia es el rechazo al disenso. Hoy, en las redes sociales y en varios espacios de la vida pública, no se puede pensar diferente, sin ser absurda e irresponsablemente señalado como “homofóbico” e “intolerante”. Incluso, quieren pasar sobre la legítima autoridad que los padres tienen sobre la educación de los hijos, al exigir que a los menores de edad se les libere sexualmente. Otra de las consecuencias es la manipulación del lenguaje: insisto, no en aras de las personas, sino para imponer la ideología, y cosas más esperpénticas, como lo ocurrido en la marcha del orgullo gay en New York, donde a los homosexuales blancos no se les cobraba una cuota para poderse manifestar, porque ellos gozaban del “privilegio” de ser blancos.  En fin, hay una intolerancia grave de parte de los llamados colectivos LGBTTTIQ+ hacia quienes piensan distinto: les condenan y persiguen, y hacen listas en las redes sociales de personas “intolerantes”, que luego circulan, de manera que lo que supuestamente tenía como objetivo, la tolerancia, termina por convertirse en persecutor, inquisitorio e intolerante.

Más grave aún es que más de algún creyente despistado, incluidos algunos sacerdotes, se dejan llevar por la ola y terminan por confundir la gimnasia con la magnesia, y en aras de una caridad muy mal entendida, terminan por ser promotores de una cultura que poco tiene que ver con la promoción de la dignidad humana. En efecto, un gran desafío que tiene la Iglesia es la atención pastoral a las personas con atracción por el mismo sexo. Son necesarios espacios en los que ellos puedan encontrarse con la infinita misericordia de Dios, para que, como todo creyente, al sentirse tocado por la mano amorosa de Dios, pueda configurar su vida según el proyecto eterno del Creador. 

Frente a la imposición ideológica totalitaria, no podemos quedarnos cruzados de brazos. Hay que levantar la voz, sin temor ni miramientos; sólo así lograremos la inclusión de las personas, de todas las personas, más allá de cómo se sienta, crea o quiera vivir.

Arnold Jiménez