El Papa Benedicto XVI dejó a la Iglesia católica varios beneficios. Entre éstos hay 2 de gran importancia. Uno, de importancia bíblica y teológica, que ayudará mucho a cambios importantes en la Iglesia católica: su afirmación de que el Diaconado no es de institución divina, sino apostólica, lo que quiere decir que se abre mucho el camino para la institución de las diaconisas u otras modificaciones, que se consideren útiles para el diaconado. El otro gran beneficio que dejó a la Iglesia este Papa alemán, fue haber renunciado al Pontificado petrino. No sabemos sus razones profundas, pero lo cierto es que él pensó que no podía ejercer ya bien su oficio petrino. Se retiró a un monasterio, dentro del Vaticano, dedicado a la oración y a la investigación teológica.

En realidad, el mundo quedó asombrado cuando en el 2005 se anunció que el sucesor del Papa Juan Pablo II era el cardenal Ratzinger, antiguo profesor y hombre de gran cultura teológica.

Con su renuncia transformó el Papado en una función como otra, a la que se puede renunciar y no pasa nada. En una carta a su antiguo amigo y teólogo liberal Hans Küng, Benedicto XVI le decía que su “último trabajo era rezar por el Pontificado de Francisco. A esta actividad se han añadido la lectura, sus intercambios epistolares con otros teólogos y discípulos suyos y la práctica del piano.

Desde luego, su breve Pontificado dejó huellas en varios rubros, aparte de los ya indicados. Le tocó a este Papa un periodo Crepuscular, que el dinamismo y jovilidad de Francisco han puesto en evidencia.

Su elección al Papado, le dejó atónito. Comentó: “Pensaba que la obra de mi vida había terminado, que años más tranquilos me esperaban. Cuando lentamente el desarrollo del escrutinio me ha hecho comprender que la guillotina se acercaba, he pedido al Señor que me ahorrara esta suerte, pero esta vez, evidentemente, no me ha escuchado”.

Le tocó una época difícil y llevó al cabo su trabajo papal hasta donde él pensó que lo podía hacer. Cuando sintió que debía renunciar, lo hizo con la tranquilidad de los hombres espirituales que saben reconocer los signos de los tiempos y se adecúan a éstos. Para esto se necesita prudencia y sabiduría, algo que tuvo Ratzinger en abundancia.