“En la bondad y en el amor, y precisamente por esta razón, cada falta de amor tiene repercusiones en todo. La crisis ecológica que estamos experimentando es, por tanto, uno de los efectos de esta mirada enferma sobre nosotros y sobre los otros; en el mundo, con el paso del tiempo, una mirada enferma no nos hace percibir todo como un regalo ofrecido por descubrirnos amados.” Es un fragmento del libro del Papa Francisco, en colaboración con el Patriarca Ecuménico Bartolomé: “Nuestra Madre Tierra”.

El Papa Francisco ha sido persistente sobre la necesidad de una conversión ecológica. No es posible que como cristianos, sigamos tratando a la naturaleza como objeto de explotación y no como un conjunto de elementos que forman parte del gran proyecto de amor de Dios: la creación. Cuando nuestra mirada y nuestro trato se convierten en agresivos y controladores sobre los demás seres creados, evidenciamos la falta de sensibilidad ante la obra de Dios. Él nos ha puesto en medio de la creación, para que seamos cuidadores y cultivadores, y vaya que eso de ser cultivadores, lo hemos hecho bien, pero de cuidadores y protectores no podemos dar buenas cuentas.

El Papa nos invita a una conversión ecológica o, en términos de ambientalistas, a un igualitarismo biofísico. Nuestro trato puede ser más fraterno, agradecido y responsable. Nuestra madre Tierra sufre porque no hemos sabido corresponderle. Ella, como creación de Dios, nos alimenta, cobija, sostiene, hospeda y cura, pero nosotros somos indiferentes y agresivos.

El pasado 22 de abril celebramos el Día Internacional de la Madre Tierra, una fecha, no ciertamente de alegría o conquista de algo agradable, sino el esfuerzo de la ONU por no perder de vista lo valioso e indispensable que resultan el respeto y la sustentabilidad.

Hay mucho por hacer, pero también hay signos de esperanza palpables. No renunciemos a cambiar nuestro estilo de vida. Podemos avanzar hacia uno con huella ecológica, más ligera y con un espíritu más agradecido y atento. Hay miles de personas en búsqueda. Sabemos que las cosas pueden cambiar, pero no invisibilicemos los problemas que nos rodean. No desacreditemos la acción, por pequeña que sea. Mantengámonos atentos. En muchos lugares de nuestra Diócesis se sufren los efectos del cambio climático, y muchos son testigos causantes de éste. No dejemos que maltraten, amenacen y abusen de la madre Tierra. La política ambiental no es suficiente. Necesitamos poner límites al corazón. Hacer acuerdos y priorizar lo necesario.

Sigamos avanzando. Defendamos nuestros bosques, nuestros ríos, lagos, manantiales, cerros, animales, suelos y toda la creación. Es responsabilidad nuestra, y el ejemplo que demos puede repercutir favorablemente en los demás; por ende, en las decisiones que beneficien a la madre Tierra.

Pbro. Jonathan Arias.