Por: Abelardo Aldama Andrade

La frase: “Ser o no ser”, del dramaturgo inglés W. Shakespeare, en su obra “Hamlet”, se repite con frecuencia en múltiples situaciones. La expresión plantea el problema del ser y la nada y ayuda a comprender el comportamiento humano, especialmente el católico. Decimos aceptar a Dios, pero ¿por qué se critican las normas de la Iglesia, se menosprecian algunos mandamientos y se manipulan los principios de la fe, según la conveniencia y los caprichos pasionales y sentimentales? Quienes decimos ser fieles católicos, actuamos alejados del Evangelio. Ejemplos sobran: Cuántos electores católicos prefirieron votar por J. Biden, ignorando o sabiendo que “su” Catolicismo es contrario al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia. Que el motivo fue la prepotencia de Trump, manifiesta mucha estupidez. Lo mismo sucede con los “católicos abortistas” (como N. Pelosi). Igual pasa en México con los seguidores de MORENA, reacios a la fe católica. Con esto se demuestra cómo la vida de ciertos católicos dista de ser coherente. No se puede ser católico, apoyando el aborto, la eutanasia, el homosexualismo, los anticonceptivos, el divorcio y otras acciones contrarias al Evangelio. Mayor sorpresa es que algunos obispos, como los de Bélgica, deseen “bendecir” los “matrimonios” homosexuales o que los obispos alemanes soliciten cambiar la moral sexual católica. Otros presionan para modificar la doctrina de la “Humanae Vitae”, del Papa san Paulo VI, sólo porque -según ellos- no eastá acorde con la moral sexual moderna. ¿Cuáles serán sus motivos? ¿La compasión? Ésta es falsa si se funda en la mentira. Es triste que hayamos dejado que el mal -Satanás- se infiltrara en la Iglesia.

Se piensa que la normatividad católica es intolerante, y que defenderla es carencia de mente abierta o de poseer un espíritu intransigente, duro, anticuado e impropio de un cristiano. Si es así, ¿cómo se entiende el pasaje en el que Jesús afirma que, si no se come su cuerpo, ni se bebe su sangre, no tendríamos vida? (Jn 6:53); por ello fueron “muchos [los] los que se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6:66). Los que se separaron de Jesús, reconocieron un lenguaje duro (Jn 6:60). Jesús, también afirmó que el que no está con Él, está “contra mí” (Mt 13:30); el mundo ama lo que es suyo, pero como los creyentes no son del mundo, “por eso os odia el mundo” (Jn 15:19). Bien amonesta san Pablo: “Me maravilla que hayáis abandonado tan pronto al que os llamó, por la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro evangelio; lo que pasa es que algunos os están turbando y quieren deformar el Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del Cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibísteis, ¡sea anatema!” (Gal 1:6-9).

¿Cómo es que hoy, los creyentes queramos endulzar los mandamientos? Son pretextos para seguir las pasiones. San Juan Pablo II apuntaló la enseñanza moral católica en la encíclica “Veritatis Splendor” (El Esplendor de la Verdad), para prevenir sobre la moral “light”. Aunque cada día, Dios nos otorga su gracia, hoy, con el inicio del Adviento, nos ofrece una nueva oportunidad para enmendar la vida y enderezar el camino. Sólo buscando la santidad -la perfección (Mt 5:48)- se podrá mejorar este mundo plagado de violencia, abusos, injusticias, guerras y males que dañan la dignidad humana. Es indispensable el testimonio de vida; el Adviento es una excelente oportunidad para corregir el rumbo, a través de los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía. Aprovechemos. Es gratuito.