Los creyentes que conocen los 10 mandamientos saben que el 8 invita a no mentir ni a levantar falso testimonio contra el prójimo. El halago, la adulación y la complacencia también se incluyen en este mandamiento y se convierten en delito y falta grave -pecado- cuando “alientan y confirman a otro en la malicia de sus actos y en la perversidad de su conducta”. El Catecismo afirma que “la adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves”, y en nuestra cultura esto es muy común pues “el deseo de prestar un servicio o la amistad, no justifica una doblez del lenguaje”. La adulación es “un pecado venial, cuando sólo desea hacerse grata, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas” (CIC, no. 2480). Al reflexionar en el contenido del 8° mandamiento, se corrobora la facilidad con la que se peca continuamente. Un defecto muy arraigado en la cultura mexicana es la mentira, junto con la hipocresía y la doblez de lenguaje. Nos agrada tergiversar la verdad, para obtener provecho, y en el mundo de la política, este defecto se multiplica al por mayor.

Muchos de los problemas que el país sufre -como el actual desabasto de gasolina-, los ataques mutuos entre políticos, la difamación, la corrupción, la adulación, el engaño, el narcotráfico, la injusticia, la violencia, el robo al erario público, el enriquecimiento ilícito y los innumerables delitos que atosigan a la ciudadanía, son resultado de la mentira y la adulación entre los gobernantes. No practican la ética e imprudentemente hablan y actúan antes de reflexionar. Carecen de la virtud de la prudencia que, junto con la arrogancia y vanagloria, lleva a no controlar la lengua. Diariamente se sufren atropellos y errores de funcionarios. Los ciudadanos tenemos que actuar para defendernos de los continuos errores e injusticias de autoridades jactanciosas. Además, tal es su vanagloria que desde hace más de 40 años, varios presidentes han asegurado que en su sexenio, México se convertirá en una potencia mundial. Llevamos más de 100 años de una supuesta revolución que no ha mejorado las condiciones de la población, sino creado un sistema tan corrupto, para nunca salir del subdesarrollo, como lo han hecho los llamados “tigres asiáticos” (Corea del Sur, Singapur, Taiwán, etc.), que han logrado niveles socioeconómicos envidiables, en un lapso de 50 años.

Reconozcamos -aunque disguste- que nuestra cultura está permeada de mentiras, doblez, hipocresía, jactancia y vanagloria. El libro del Sirácide (o Eclesiástico) lo ilustra de manera sabia: “No avientes el grano con cualquier viento, ni camines por cualquier sendero, así lo hace el pecador que habla con doblez. Mantente firme en tus convicciones, y sea una tu palabra. Sé pronto para escuchar y tardo en responder. Si sabes algo, responde a tu prójimo; si no, mano a la boca. Hablar puede traer gloria y deshonra, porque la lengua es la ruina del hombre. Que no te llamen murmurador; no enredes a los demás con tu lengua, porque sobre el ladrón cae la venganza y una severa condena sobre el que habla con doblez. No faltes ni en lo grande ni en lo pequeño, ni de amigo te vuelvas enemigo” (5:9-15). También la carta del apóstol Santiago habla de la peligrosidad de la lengua.

Al observar la actitud de los políticos y de muchos ciudadanos, se constata un comportamiento como lo describe el Sirácide. Los mexicanos somos habladores, al dejarnos guiar por la jactancia y la vanagloria, que también son faltas al 8° mandamiento. Solemos actuar como bufones y creemos que con alharaca se podrá cambiar el destino y la vida socioeconómica de los mexicanos. Mientras no vivamos los mandamientos de la Ley de Dios, seguiremos padeciendo los problemas que hoy son el alimento de los medios informativos. Esforcémonos por cumplir con la voluntad de Dios, y pronto veremos cómo cambian muchas cosas que hoy atormentan al país y al mundo.