El 15 de abril pasado, Lunes Santo, se dio a conocer la noticia del incendio de la catedral de Notre Dame, en París, quemándose el techo y cayéndose el pináculo que la coronaba, lo que provocó consternación a nivel mundial. Tal desgracia hizo mover el corazón de muchas personas, tanto espiritual como materialmente. Personalidades y empresas decidieron donar dinero para su reconstrucción, levantando controversia. Mientras unos defienden la renovación, otros consideran que es injusto dar atención a un edificio, cuando hay muchos pobres y el deterioro ambiental es más apremiante. Esta postura es semejante a las palabras de Judas Iscariote, cuando María le ungió los pies a Jesús en Betania (Jn 12:1-8, Mc 14:3-6 y Mt 26: 6-13). En realidad, quienes dicen preocuparse por los pobres, son los que menos aportan y los que no ofrecen su tiempo para buenas causas. Ante la disparidad de opiniones, habría que considerar algunas cuestiones. Quienes desean la reparación, ¿lo hacen para fomentar la fe y defender los principios de la Iglesia o sólo porque es un símbolo de Francia y un modo de obtener dinero por medio del turismo? En pocas palabras, ¿hasta qué punto los interesados en su reparación están motivados para mantener este recinto como espacio de culto?

El incendio de la catedral de Notre Dame también puede plantearnos la cuestión de si no querrá Dios despertarnos de la modorra espiritual en la que vivimos, para hacernos recapacitar. No es casualidad que este accidente haya tenido lugar el Lunes Santo, un tiempo para reflexionar sobre la Pasión. Este accidente puede interpretarse como un aviso del Señor para reconstruir el espíritu de los miembros de la Iglesia. Todos estamos conscientes de que el Catolicismo pasa por una severa crisis, al igual que la cultura de Occidente -cristiana-, y que cada vez se paganiza más, olvidando los principios evangélicos.

El que empresas y personalidades hayan aportado casi 1 billón de dólares para la reconstrucción, tiene un interés muy diferente al de la fe. Si fuera realmente ésta, ¿por qué no se preocupan por las otras 500 iglesias que cada día se deterioran, según informes de la Iglesia católica de Francia? Los templos en este país son propiedad del gobierno, que si tuviera interés, ya hubiera atendido los otros edificios. Claramente demuestra una despreocupación por la fe y la Iglesia. Le importan el turismo y la economía, así como fomentar un nacionalismo superficial. Para las autoridades francesas, la catedral se considera un museo y no un lugar de culto. Aunque se haya recaudado mucho dinero, de nada sirve si la católica Francia -y con ello todo el Catolicismo- no se regenera profunda y totalmente. El verdadero asunto radica en reconstruir la catedral, pero con la intención de conservar y fomentar la fe. Si es por un nacionalismo ramplón o por cuestiones ajenas al Catolicismo, no tiene sentido reconstruir materialmente este monumento.

Aunque Notre Dame es una fuente de empleo para muchas personas, y son millones los turistas que la visitan, generando divisas para el bien de los que allí trabajan, no es un simple monumento, como lo suponen los peritos en arte y el gobierno francés. Es un lugar para visitar, adorar y suplicar a Cristo y para venerar a la Madre de Dios. En esta catedral se custodia la corona de espinas de Cristo, y en su interior existen obras de arte religioso, cuyo fin no sólo es el de admirarlas, sino ayudar a la oración y la meditación. A quienes piensan que Dios no necesita templos materiales, hay que recordarles que son indispensables, pues en ellos se encuentra el Santísimo Sacramento: está Dios en el sagrario y, por lo mismo, se necesita un lugar físico para preservar la Hostia consagrada.

Los accidentes suceden no sólo por cuestiones físicas o humanas. En realidad, Dios nos invita a reflexionar, pues la verdadera reconstrucción de templos no puede ser sólo material, sino principalmente moral y espiritual. De lo contrario, la reparación de una catedral será estéril y sin alma.