Por: Abelardo Aldama Andrade

Mientras caminaba por una calle, me crucé con una persona que ofrecía volantes. Se trataba de un anuncio sobre tarot y cuestiones astrales que proponía limpias, predicción del destino, superar el sufrimiento, atraer al ser amado, aumentar el amor, lograr la felicidad, encontrar trabajo, dinero y cosas perdidas, recuperar la salud y solventar todo tipo de problemas. Sugería un 100 % de efectividad, y como muestra de honradez, el pago se haría luego del resultado.  

La existencia de estas prácticas lleva a pensar que, aunque el hombre haya logrado un desarrollo científico y tecnológico extraordinario, existan personas interesadas en dominar y controlar irracionalmente las fuerzas de la naturaleza, para sus propios fines. Se comenta que este deseo es un signo de la búsqueda de Dios, por parte del hombre. Sin embargo, este renacimiento religioso toma, en ocasiones, vías equivocadas. Abundan individuos que se aprovechan de esta inclinación religiosa, engañando, no sólo a los ingenuos e ignorantes, sino a quienes cuentan con cierta preparación.

Este interés esotérico y pseudorreligioso se funda en egoísmos e individualismos, como el cylto a la “santa muerte”. No se busca la mejora personal, sino lograr ventajas materiales, egoístas y, sobre todo, vengativas. Se cree en un Deus-ex-machina que resuelve los problemas y los obstáculos, de modo inmediato y mágico. Estas prácticas no son nada religiosas. Mienten y engañan a los incautos. Quienes ansían consuelo o alivio para las heridas y fracasos morales y físicos, acuden a gente sin preparación, cuyo fin es obtener dinero fácil, sin medir las consecuencias.

En nuestro ambiente católico, ¿es lícito acudir al esoterismo? El libro bíblico del Deuteronomio asevera que “no ha de haber dentro de ti nadie […] que practique la adivinación, la astrología, la hechicería o la magia; ningún encantador, ni quien consulte espectros o adivinos, ni evocador de muertos” (Dt 18, 10-11). Dios prohíbe estas actividades (Dt 18, 14). En el Levítico se dice que el hombre o la mujer que practique el espiritismo o la adivinación, será castigado con la muerte: los apedrearán (Lv 20, 27). El Señor es un Dios celoso y no permite adorar a otros seres. Él apartará el rostro de esa persona y la separará de la comunidad (Lv 20,7). Hay que poner en guardia a quienes, siendo cristianos, buscan a estas personas.

Un católico no debe acudir a ellos: va en contra del 1er. mandamiento. El Catecismo de la Iglesia acota que estos actos “están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios” (No. 2116). “Todas las prácticas de magia o hechicería […] son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (No. 2117). “Por eso, la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él (espiritismo)”. “Toda superstición representa, en cierta manera, una perversión, por exceso, de la religión” (No. 2110). Los creyentes debemos tener cuidado de que las prácticas religiosas no se transformen en supersticiones. Éstas son una “[…] desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone”. Como dice el Catecismo: “Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica, a ciertas prácticas, por otra parte legítimas y necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición” (no. 2111).

Cuidémonos de esos merolicos que andan por ahí engatusando a muchos ingenuos. Recuérdese que “la imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad” (No. 2115).