San Rafael Guízar y Valencia

 

Nació Rafael en Cotija, el 26 de abril de 1878, (poco antes de haber sido nombrado obispo de Zamora, Dn. José María Cázares y Martínez). Sus padres fueron Dn. Prudencio y Doña Natividad, mismos que procuraron que al día siguiente 27 de abril fuese llevado al templo parroquial para que fuese bautizado, siendo sus padrinos Dn. Juan González y Doña Benigna Valencia.
 
El niño Rafael estudió las primeras letras en la escuela parroquial de su tierra, siendo director Dn. Fermín Mendoza. Huérfano de madre a los nueve años, pasó luego, juntamente con su hermano Antonio, al colegio que, unido a su noviciado, tenían los Jesuitas en la Hacienda de San Simón, pero en 1890 regresó a Cotija para entrar al seminario auxiliar que existía en esa población, a fin de estudiar humanidades y en 1896 ingresó al de Zamora para estudiar filosofía y teología. El 20 de junio de 1901, en el templo de San Francisco en Zamora a los 22 años (habiendo pedido dispensa de edad) el Sr. Fernández, auxiliar del Sr. Cázares le ordenó sacerdote.
 
Comenzó el joven Rafael a ejercer su apostolado, casi de manera febril, pues muchos pueblos de la diócesis de Zamora fueron testigos de la gran actividad que desarrolló: acompañante activo de su obispo en numerosas visitas pastorales, director del Apostolado de la Oración en Zamora, fundador de la Congregación Sacerdotal de Nuestra Señora de la Esperanza, fundador y director del Colegio Teresiano de Zamora, padre espiritual del Seminario, misionero de pueblos (con nombramiento especial dado en 1905) de ésta y otras diócesis y Prebendado y Canónigo Presbítero de la Catedral.
 
Al sobrevenir la revolución, en 1911 para contrarrestar la campaña persecutoria contra la Iglesia, fundó en la ciudad de México un periódico religioso, que fue pronto cerrado por los revolucionarios. Perseguido a muerte, vivió durante varios años sin domicilio fijo, pasando toda especie de privaciones y peligros. Para poder ejercer su ministerio, se disfrazaba de vendedor de baratijas, de músico, de médico homeópata. Podía así acercarse a los enfermos, consolarlos, administrarles los sacramentos y asistir a los moribundos.
 
Acosado por los enemigos, no pudiendo permanecer más tiempo en México por el inminente peligro de ser capturado, pasó a finales del 1915 al sur de los Estado Unidos y al año siguiente a Guatemala donde dio un gran número de misiones. Su fama de misionero llegó a Cuba, donde fue invitado para predicar misiones populares. Su apostolado en esa isla fue fecundo, y ejemplar fue también su caridad con las víctimas de una peste que diezmó en 1919 a los cubanos.
 
Fue mientras que realizaba su apostolado misionero en Cuba que fue llamado con urgencia a México, para notificarle su nombramiento como obispo de Veracruz, el 1 de agosto de 1919; fue consagrado como tal el 30 de noviembre en la Catedral de La Habana, y tomó posesión de su diócesis el 4 de enero de 1920, a la que gobernó santa y productivamente hasta el 6 de junio de 1938, cuando murió a los 60 años y un mes de edad.
 
Los dos primeros años los dedicó a visitar personalmente el vasto territorio de la diócesis, convirtiendo sus visitas en verdaderas misiones y en obra de asistencia a los damnificados de un terrible terremoto que había provocado destrucción y muerte entre la pobre gente de Veracruz: predicaba en las parroquias, enseñaba la doctrina, legitimaba uniones, pasaba horas en el confesionario, ayudaba a los que habían sido víctimas del terremoto.
Una de sus principales preocupaciones era la formación de los sacerdotes. En 1921 logró rescatar y renovar el viejo seminario de Xalapa, que había sido confiscado en 1914, pero el gobierno le incautó otra vez el edificio apenas renovado. El obispo trasladó entonces la institución a la ciudad de México, donde funcionó clandestinamente durante 15 años. Fue el único seminario que estuvo abierto durante esos años de persecución, llegando a tener 300 seminaristas.
 
De los dieciocho años que regentó la diócesis, nueve los pasó en el exilio o huyendo porque lo buscaban para matarlo. Dio sin embargo muestras de gran valor llegando a presentarse personalmente a uno de sus perseguidores y a ofrecerse como víctima personal a cambio de la libertad de culto.
 
Por ello decimos que San Rafael realmente practicó en grado heroico las virtudes cristianas, entregó plenamente su vida al servicio de Dios y de sus semejantes y fue fervoroso devoto del Sagrado Corazón, la Eucaristía y la Santísima Virgen María. Su conversión (en un sentido muy amplio) se debió quizá en gran parte, a la suspensión que el Sr. Cázares (varón sabio y santo)  le impuso y la señalamiento que el Sr. Castellanos (obispo de Tabasco y también santo varón) le hizo en relación a su verdadera vocación: No a las obras de relumbrón (aunque sean para la gloria de Dios), sino la sublime, callada y nada llamativa misión de predicar a los pueblos el mensaje de Cristo.
 
En diciembre de 1937, mientras predicaba una misión en Córdoba, sufrió un ataque cardíaco que lo postró para siempre en cama. Desde el lecho del dolor dirigía la diócesis y especialmente su seminario, mientras preparaba su alma al encuentro con el Señor, celebrando todos los días la santa misa. Murió el 6 de junio de 1938 en la ciudad de México. Al día siguiente fueron trasladados sus restos mortales a Xalapa, siendo sepultado en el cementerio viejo de la ciudad. El 28 de mayo de 1950 sus restos fueron exhumados y se encontró incorrupto, haciendo una reinhumación del cuerpo en la capilla de Santa Teodora en la Catedral de Xalapa.
 
El 27 de noviembre de 1987 el Siervo de Dios Rafael Guízar recibió el título de “Venerable”. El milagro para la beatificación consistió en que una mujer estéril genéticamente concibió un hijo por intercesión del venerable siervo de Dios. Siendo beatificado el 29 de enero de 1995 en la Basílica de San Pedro en el Vaticano por S.S. Juan Pablo II. El milagro para la canonización consistió en el nacimiento de un niño que a las 31 semanas de gestación se le detectó paladar hendido y labio leporino. El niño nació completamente sano. La canonización se efectuó el 15 de octubre de 2006 por el Pp. Benedicto XVI, convirtiéndose en el primer santo obispo latinoamericano.