San José Luis Sánchez Del Río

 
José Sánchez del Río nació en Sahuayo, Michoacán, en nuestra Diócesis de Zamora el 28 de marzo de 1913. Fue bautizado en la parroquia de Santiago Apóstol de Sahuayo. Sus padres fueron Macario Sánchez y María del Río que tuvieron cuatro hijos: Macario, Miguel, José y María Luisa. El muchacho Joselito, como era llamado familiarmente, hizo su primera comunión a la edad de 9 años.
 
Los testimonios sobre él nos dicen que era un muchacho normal, sano y de carácter jovial, que acudía al catecismo y se distinguía por su compromiso en las difíciles actividades parroquiales; se acercaba a los sacramentos, rezaba cada día el santo rosario junto con su familia, profundamente cristiana. Y a pesar de ser todavía muy joven, José sabía muy bien lo que estaba viviendo México en aquel tiempo con la persecución religiosa en 1926.
 
Cuando comenzó el movimiento católico de los “cristeros” sus dos hermanos mayores, miembros de la Acción Católica de la Juventud Mexicana, entraron en el movimiento de Defensa de la Libertad Religiosa. En Guadalajara, donde la familia se había visto obligada a trasladarse, el joven José visitó la tumba del joven abogado Anacleto González Flores, cruelmente martirizado el 1 de abril de 1927. José pidió entonces a Dios poder morir como Anacleto en defensa de la fe católica.
 
A partir de aquel momento su resolución fue cada vez más fuerte pidiendo a sus padres el permiso para unirse a los “cristeros”, que a pesar de una inicial razonable prudencia por parte de sus padres, así como de los dirigentes “cristeros”, dada su joven edad, finalmente lo consintieron. A las objeciones de sus padres, el joven muchacho respondía: “Mamá, nunca ha sido tan fácil como ahora ir al cielo.”
 
Finalmente, el joven muchacho obtuvo la bendición paterna y pudo unirse a ellos. En el verano de 1927 intentó unirse a los “cristeros” junto con otro amigo suyo, adolescente como él, Lázaro, y tras múltiples aventuras, logran alcanzar a los “cristeros”, que repetidamente querían devolverlos a sus casas, dada su joven edad y los peligros mortales a los que se exponían. Las ocupaciones de José consistían fundamentalmente en la de servir en sencillas tareas que no comportaban en absoluto su empeño en la lucha activa y en ser portaestandarte.
 
En un enfrentamiento que tuvieron las tropas cristeras con las federales del general Tranquilino Mendoza, el 6 de febrero de 1928 al sur de la población de Cotija, casi lograron tomar prisionero al jefe cristero Guizar Morfín porque le mataron el caballo, pero José bajándose rápidamente del suyo en un acto heroico se lo ofreció. Y así sucedió: el general Guizar Morfín pudo escapar, pero las tropas federales en aquella escaramuza hicieron prisioneros a José Sánchez del Río y al joven indígena llamado Lázaro. Los llevaron maniatados hasta Cotija en medio de golpes e injurias, “Vamos a ver qué tan hombrecito eres”. José no dejó escapar ni un quejido y rezaba para fortalecer su espíritu y poder sobreponerse a las humillaciones y tormentos.
 
Ese mismo día 6 pudo mandar una carta a su madre desde la cárcel, misma que se muestra a continuación:
«Cotija, lunes 6 de febrero de 1928.
Mi querida mamá:
Fui hecho prisionero en combate este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero nada importa, mamá, resígnate a la voluntad de Dios, yo muero muy contento, porque muero por Nuestro Señor. No te apures por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes, diles a mis otros hermanos que sigan el ejemplo del más chico y tú haz la voluntad de Dios. Ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú, recibe por último el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir hubiera deseado.
Joselito José Sánchez del Río».
 
El día 7 de febrero llevaron a los dos muchachos a Sahuayo y fueron encerrados en la iglesia parroquial de Santiago, transformada en cárcel de varios católicos y en caballeriza de las tropas gubernamentales. Los soldados, entre otras profanaciones, habían convertido el presbiterio y el Tabernáculo en un gallinero de “gallos de pelea”, propiedad del jefe político de la región. Ante tal profanación, el joven José reaccionó con fuerza matando a los gallos, y sin miedo a las amenazas de muerte de parte de aquel jefe, que entre otras cosas había sido amigo de familia y su padrino de primera comunión.
 
Él, que se había distinguido siempre por su devoción a la Eucaristía, respondió a aquel jefe el 8 de febrero: “La casa de Dios es para rezar, no para usarla como un establo de animales… Estoy dispuesto a todo. Puede fusilarme. Así me encontraré enseguida en la presencia de Dios." Uno de los soldados lo golpeó violentamente en la boca con la culata del fusil rompiéndole los dientes, como de hecho se pudo constatar durante la exhumación de sus restos. Como venganza inmediata, y en presencia de José, su compañero Lázaro fue ahorcado en la plaza frente a la iglesia; creyéndolo muerto lo abandonaron y fue salvado por el sepulturero, mientras José continuó encarcelado en el baptisterio de la iglesia, donde había sido bautizado.
 
Lo invitaron repetidamente a pasar a la parte de los perseguidores; y aquel jefe político le hizo diversas propuestas muy halagadoras como la de inscribirlo a la prestigiosa escuela militar del Régimen o la de mandarlo a los Estados Unidos, pero el joven las rechazó con firmeza.
 
Aquel jefe político pidió entonces a la familia del joven un rescate de 5,000 pesos de oro que el papá de José entregó, y que el perseguidor recibió a pesar que ya había hecho asesinar al joven la noche anterior. José había pedido repetidamente a sus papás que no pagaran aquel rescate en cuanto que ya había ofrecido su vida a Dios y que “su fe no estaba a la venta”.
 
El 10 de febrero de 1928, trasladaron a José hacia las 6 de la tarde desde la parroquia a un mesón cercano. Hacia las 7 de la tarde logró mandar una carta a su tía María, donde le comunica que sería fusilado poco después por su fidelidad a Cristo y a la fe católica, y le pide que otra tía, llamada Magdalena, le llevase la Comunión. Lo logrará. Todo aconteció hacia las 8 de la noche. En aquel mesón, convertido en cuartel de las tropas, los soldados le desollaron los pies con un puñal.
 
Hacia las 11 de la noche tras desollarle los pies, le hicieron caminar, golpeándole, a través de la calle que iba hasta el cementerio municipal. Los carnífices querían obligarlo a apostatar de la fe con las torturas, pero no lo lograron. Sus labios solamente se abrían para gritar “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”.
 
Llegados al cementerio el jefe de los soldados ordenó a los mismos apuñalarlo para impedir que se pudiesen escuchar los disparos en la población. Había el toque de queda. El joven mártir, a cada puñalada, gritaba con un filo de voz: “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva Santa María de Guadalupe!”. Entonces, el jefe militar, con su pistola, le disparó un par de tiros en la cabeza. Su cuerpo fue arrojado en una pequeña fosa, recubierto con poca tierra. Eran las 11.30 de la noche del viernes 10 de febrero de 1928.
 
Luego, durante la noche profunda, el sepulturero y algunas buenas almas, a escondidas, regresaron al lugar, lo sacaron del foso, lo cubrieron con una sábana y lo volvieron a sepultar en el mismo lugar. En 1954, los restos del Mártir fueron inhumados y trasladados a la iglesia cercana del Sagrado Corazón. En 1996 fueron de nuevo inhumados y transportados a la parroquia de Santiago Apóstol de Sahuayo.
 
Fue beatificado el 20 de noviembre de 2005 por el Papa Benedicto XVI y canonizado como santo de la Iglesia universal, el 16 de octubre de 2016 por el Papa Francisco. El milagro que posibilitó su canonización fue la milagrosa curación en 2008 de Ximena Guadalupe Magallón Gálvez, una bebé que en Sahuayo que sufrió meningitis, tuberculosis y un infarto cerebral.
 
La canonización del niño cristero José Sánchez del Río el 16 de octubre de 2016 fue recibida con gran alegría en México. Unas 20.000 personas se juntaron en la ciudad del mártir adolescente, Sahuayo.