MONS. JOSÉ ANTONIO DE LA PEÑA NAVARRO
Primer Obispo de Zamora
(1862-1877)

 

Nació el 28 de mayo de 1799 en Zamora, Michoacán, tierra que fue la cuna de sus años felices de niñez y en donde, siendo ya un joven, le nació la vocación al sacerdocio como servicio a Dios y a los demás. Era de familia humilde y pobre. Estudió en el Seminario de Morelia de una manera excelente, siendo ordenado a la edad de 29 años en Puebla por el Sr. Don Antonio Joaquín Pérez y Martínez.
 
Por sus cualidades y virtudes, fue maestro del Seminario y ejerció varios puestos en la Mitra; rector del Colegio Clerical, párroco por los años de 1839 y 1840 en Jacona y en 1843 en Dolores Hidalgo, canónigo, examinador de sínodos, gobernador y vicario general de Morelia, obispo auxiliar de Morelia (aunque no pudo ser consagrado, debido a varias circunstancias) y, finalmente, primer obispo de nuestra Diócesis de Zamora por mandato de la bula del Papa Pío IX.
 
Sus obras realizadas más que materiales, fueron del orden espiritual, le tocó la “obra negra”, pudiéramos decir, de lo que sus sucesores construirían más tarde. A pesar de que fue acompañado del infortunio, del dolor y de la enfermedad, su carácter duro y estricto, así como su recta intención, le ayudaron a cumplir su papel como pastor de un inmenso territorio (más de la mitad del Estado de Michoacán) que tenía muchas carencias tales como, la falta de medios de transporte, la inseguridad en los caminos, la falta de recursos humanos y económicos, la incomunicación y las guerras civiles, entre otros.
 
Fue consagrado obispo en la Nacional Colegiata de Guadalupe, el 8 de mayo de 1864, tomando posesión de nuestra Diócesis, por “interpuesta persona” el día 8 de junio de ese mismo año; pero fue hasta el 10 de diciembre de 1865 cuando pudo llegar a Zamora a cumplir personal y directamente su papel de pastor de nuestra Diócesis.
 
Durante su pastoreo, logró prudentes y buenas relaciones con el gobierno civil, ya fuera el liberal, el imperial o el dictatorial de Don Porfirio, para lo cual tuvo que poner en práctica sus dotes de político y diplomático, pues, aunque supo siempre defender con energía los derechos de la Iglesia, fue siempre conciliador entre su gobierno y esos gobiernos; y conciliador entre las conciencias de sus feligreses y la implantación de las leyes de Reforma.
 
Fue admirable la maestría que el Señor de la Peña manifestó en el manejo de las carencias y la economía de su nueva Diócesis, que ni siquiera tuvo para completar los gastos de su traslado de Morelia a Zamora y su recibimiento en esta. Las nuevas leyes de Reforma habían despojado a todas las Diócesis de la República (también a la de Zamora) de casi todos sus bienes y les habían cerrado muchas de las puertas para conseguir recursos para  las obras de beneficencia y promoción humana que llevaban a cabo. No había “ni siquiera para pagar la leche y el pan de los seminaristas” y la Parroquia de la ciudad que había sido convertida en Catedral ”estaba amenazada de ruina.”
 
El Señor de la Peña con la obtención de un préstamo de Morelia y con la organización de los diezmos y pindecuarios de los pueblos de la Meseta, así como con la reorganización y control de la Vela Perpetua y hasta con rebajar los sueldos de los canónigos, y la implantación de una vida episcopal austera pudo, poco a poco, sortear la difícil situación y sacar adelante, económicamente a la Diócesis.
 
Fueron notorias en el Señor de la Peña la preocupación y la pena que la injusticia y la pobreza ocasionaban a su alma, de ahí que desde el púlpito y, sobre todo, en varias de sus cartas pastorales y circulares, condenara enérgicamente la explotación de los peones en las haciendas, la compra de semillas “al tiempo” y la usura y el agio, condenaciones que le acarrearon, en muchas ocasiones, enemistades de algunos hacendados.
 
Procuró también, en la medida de lo posible, la formación de algunas obras de beneficencia y de promoción humana en toda la Diócesis y, en especial en la ciudad de Zamora, como dispensarios, desayunos, etc.
 
Otra de las preocupaciones y ocupaciones del primer Obispo de Zamora fue la educación del pueblo, sobre todo de los habitantes de la Meseta purépecha, a tal grado que llegó a pedirle a uno de sus Párrocos enfermos que no saliera de su Parroquia y que “lo único que le encargaba era el Sagrario y la escuela de los niños”. En muchas de sus poblaciones se establecieron escuelas para niños y para niñas por su encargo y con su ayuda.
 
Desde su llegada a la nueva Diócesis, se preocupó el Señor de la Peña por la organización del Seminario, atendiendo a su sostenimiento y llevando a él los mejores maestros, sacerdotes y algunos laicos. Sus visitas a él y su trato con los seminaristas y formadores era continuo y paternal, interviniendo personalmente en la organización, planes de estudio, etc. de esa Institución.
 
Fue un padre enérgico que hablaba con el corazón, sin miedo ni con intención de herir, pero claro en la corrección fraterna, buscando siempre el bien y el de sus fieles y sus sacerdotes
 
Finalmente, la muerte sorprendió al Señor de la Peña en pleno ejercicio de su labor pastoral. Cuando realizaba, a pesar de su enfermedad, la visita pastoral a las parroquias del rumbo de Tingüindín, se puso grave y fue llevado, en su traslado a Zamora, a Tarecuato, donde murió después de una dolorosa agonía.
 
Su muerte, como su vida, fue la de un justo, como lo señaló el Sr. Canónigo Aguilar, al dar cuenta de la agonía y de la muerte de aquel prelado santo al cabildo zamorano: “...El prelado padece demasiado, pero su virtud le hace tener un rostro sereno, y una conformidad que admira y que es propia de los justos…” Así murió Don José Antonio de la Peña y Navarro, hombre en el que, a través de sus escritos, su vida y sus obras, se pueden encontrar todas las virtudes cristianas y sacerdotales.