El Papa Francisco insiste en una renovación misionera, llamada de “persona a persona”, que nos compete a todos los bautizados como tarea cotidiana, es decir, llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a las más cercanas como a las desconocidas. Podríamos decir que se trata de una predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación, y también la que realiza un misionero cuando visita un hogar. Ser discípulo-misionero significa “tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús, y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, la plaza, el trabajo y un camino” (Evangelii gaudium, 127).

 

Esta predicación “informal” siempre ha de ser respetuosa y amable; podemos enumerar los pasos de esta evangelización:

 

1. El diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, esperanzas e inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón.

 

2. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad.

 

3. Este anuncio se comparte con una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera.

 

4. Si parece prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine con una breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado.

 

Que la actitud del discípulo misionero frente a toda persona evangelizada, sea siempre la de escuchar e interpretar, para que todo hombre y mujer vea la presencia de Dios en su propia existencia.